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CURIOSIDADES
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07·Curiosidades

Aforismos de Alina Diaconú

Sin buscar la sorpresa a través de la extravagancia, apartada de toda grandilocuencia, sus aforismos están sostenidos por un refinamiento que permite descubrir vuelo donde hay pájaro y verdad allí donde la espesura de la realidad golpea los ojos.

Aforismos de Alina Diaconú
Aforismos de Alina Diaconú

Por Rafael Felipe Oteriño para LA GACETA

El aforismo ha tenido suerte dispar en nuestra literatura. Desde las ya canónicas Voces (1943 y sus sucesivas reediciones) de Antonio Porchia y los textos de aire aforístico de Baldomero Fernández Moreno agrupados en La mariposa y la viga (1947), pasando por los versos de Ezequiel Martínez Estrada reunidos en Coplas de ciego (1959), hay que llegar hasta Raúl Gustavo Aguirre y a su antología Asteroides (1952-1977) para encontrar nuevas expresiones de esa avecilla hecha de imagen, grafía y sentido que, por lo común, no halla cabida en los textos de mayor extensión.

Aun así, son grandes las diferencias entre los nombrados. Porchia es el más ortodoxo y el de mayor contenido moral. Las piezas de tono repentista de Fernández Moreno suplantan el yo lírico por el yo lúdico. Mientras que los versos de Martínez Estrada se opacan por la sujeción a la rima y métrica. En Aguirre, en cambio, la conjunción de imagen/sentido se da de manera más visionaria, ya que este cultor del poema-relámpago bebió en las aguas de su admirado René Char –el poeta de la Vaucluse, en la Provenza- una experiencia de "incandescencia lacónica", como señala Juan José Saer.

En este escenario, los aforismos de Alina Diaconú sobresalen por su variedad y eficacia. En un tácito homenaje al tango "El día que me quieras", y afirmando con este préstamo su bien asumida porteñidad –sabemos que ella nació en Bucarest, Rumania, y que llegó a Buenos Aires siendo muy chica- Alina llama "luciérnagas" a sus aforismos, y las ratifica con el epíteto de "curiosas", tal como consigna la letra de Gardel y Le Pera.

Como las palabras no son inocentes -y menos aún las de la literatura, que tienden a ser metafóricas-, hemos de retener la intermitencia de luz de estas luciérnagas, que nos habla de la condición humana en su fragilidad y en su milagro. Pero como tampoco el epíteto "curiosas" es fortuito, vamos más allá y tomamos en cuenta que en su sinonimia de indiscretas, entrometidas, indagadoras o impertinentes está cifrado un mandato tendiente al conocimiento. Al ansia de saber. Y ya, entonces, entramos en los dominios de la metafísica. Soslayado todo lo que pudiera servir de adorno o habilidad retórica, comprendemos, entonces, que estos aforismos de Alina son exploraciones, descubrimientos y cristalizaciones verbales para decir lo callado, el lado de sombra, la mitad perdida, esa porción de lo inescindible que nos acompaña en su condición de misterio y que comúnmente denominamos "lo inexpresable".

Destaco, por eso, su dominio de los recursos literarios, el empleo de las palabras como si fueran cualidades de los objetos, y el don puesto de manifiesto para convertir a estos disparadores –el zapato extraviado en la calle, el adorno de metal que perfora la piel de una adolescente, el grafiti que nos sale al paso desde un muro- en auténticos íconos de la experiencia. El resultado es el emplazamiento de una realidad "otra" –verbal y fuertemente semántica-, que se afirma en su capacidad de emitir sentido, intimidad, emoción, pero también de denunciar banalidad. En su capacidad de "hacer señas" a través del lenguaje.

Clara elocuencia de las cosas en cuanto cosas, para dar lugar al reino de la palabra como finalidad. Con la iconoclasia de un Duchamp –pero con la socrática insistencia del pensador- su filosofía se centra en priorizar el intelecto, la ironía y el lenguaje. Así, el protagonismo de la palabra está dado por la fijación del acontecimiento verbal y recién en su segundo plano por el suceso temporal que lo contiene. No sería por eso inexacto afirmar que en sus páginas prima el fulgor de la huidiza realidad.

Si el cometido del arte, además de constituir un señalamiento, es capturar lo inasible, los aforismos de Alina transitan esta cuerda. Es que la ficción no está en su propósito, como tampoco lo está la mera cronología de los hechos. Su ambición está del lado de compartir -haciéndolos visibles, significativos y con estatura humana- los testimonios del acontecer cotidiano. Como si se tratara de raptos, los textos parecen estar construidos a partir de destellos de una totalidad, que sólo en lo fortuito, único e irrepetible expone su intercesión con lo humano.

Elevados a tal instancia, los textos revelan el dichoso fluir temporal que inquietara a Horacio: menos la aflicción de una persona conmovida, que una concepción espiritual de la condición humana. Es lo que podría denominarse un arte de mirar que testimonia el punto de conciliación entre las variadas tensiones que se generan en torno de la persona y las cosas y hechos que la rodean, tanto como de la persona enfrentada a su propia temporalidad.

Para hacer alusión a dos figuras retóricas de conocido prestigio filosófico, es en la "gravedad" y la "gracia" donde se sostiene su metafísica del instante. Porque de eso se trata. De lo comprometido, lo azaroso, pero también de lo pasajero y lo volátil, eternos reinos del pensamiento. Una visión de las cosas como cosas, para dar lugar a la palabra como destino. Puja, hallazgo, hondura del silencio, y, finalmente, el ademán de la escritora curiosa apuntándolo todo.

Rafael Felipe Oteriño – Presidente de la Academia Argentina de Letras.

PERFIL

Alina Diaconú nació en Bucarest, en 1945. En 1959 se exilió con sus padres en Buenos Aires. Novelista, cuentista, poeta y ensayista, es colaboradora de La Nación, Clarín y Perfil. Escribe en LA GACETA Literaria desde 1984. Entre otros reconocimientos, ganó una beca Fullbright y el premio de la American Romanian Academy of Arts And Sciences de Estados Unidos. En Tucumán, recibió el premio Paul Groussac 2023 de la Alianza Francesa. Es autora de más de veinte libros.

Una riqueza polisémica

Amplio espectro creativo en máximas que van más allá

AFORISMOS / LUCIÉRNAGAS CURIOSAS / ALINA DIACONÚ / (Galáctica - Buenos Aires)

Poéticos, ensayísticos, narrativos, curiosos y graciosos, estos aforismos de Alina Diaconú ofrecen una polisémica riqueza. En ellos hay reflexiones metafísicas -"En los intersticios de los pensamientos se produce Dios"-, deliciosos cables a tierra -"Menú ejecutivo. ¿Qué gusto tendrá la comida cuando se habla de trabajo y de negocios?-, verdaderas "luciérnagas": "Era como si hubiese nacido con una culpa original. No podía disfrutar de nada".

Tiene razón Reina Roffé en su prólogo: "Las máximas o sentencias reunidas en este magnífico libro de Diaconú dan muestra acabada de su habilidad para componer formas afines al adagio (…) Abordan una gran variedad de temas: asuntos sociales, políticos, filosóficos, de observación del ser humano en la calle e o en el trato más íntimo."

Agrego que el amplio espectro creativo de Alina confiere a estas máximas un máximo aditamento, si se me permite el juego de palabras: sus aforismos son otros tantos poemas, pequeños ensayos, "pastillas" periodísticas, apuntes para una novela, microcuentos, preguntas filosóficas…

Un amigo común -Alejandro Lanús- es un joven aforista argentino; también lo fueron de algún modo -aparte del gran Porchia y de José Narosky- Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, de quien Alina recuerda: "¿Por qué no existían las selfies cuando me topé con Cortázar en París, frente al metro Odeón y cuando, alzándome sobre las puntas de mis pies, le di un beso?"

La segunda parte del libro se abre en un capítulo titulado "Estrellas voladoras", apotegmas. Con máximas fulgurantes: "Qué suerte no ser joven y librarme así de tener al lado un muchacho todo tatuado…", o "Contraste irónico y colapsante: gente durmiendo en la puerta de los bancos". Y este mini poema: "Estar con conjuntivitis en Ginebra me acercó mucho más a Borges a la niebla de sus ojos."

Cuánto para agradecer a Alina Diaconú y a su permanente estado de gracia literaria: meditadora fiel y devota de la Madre India, ella nos regala hoy el Upanishad de su talento.

© LA GACETA

FERNANDO SÁNCHEZ SORONDO

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