África sorprendió en los resultados del Mundial 2026, pero falta en las tribunas y en espíritu
África es la gran ausente de este Mundial. A pesar de tenr victorias, es el que falta en las tribunas y en espíritu en países que no lo reciben.

Nahuel Lanzón
Nueve de diez selecciones africanas se clasificaron a la fase final del Mundial. El continente fue quien mejor "usó" los cupos extras que le dio la FIFA en esta copa ampliada a 48 equipos. Con selecciones de peso eliminadas en las clasificatorias, como por ejemplo Nigeria y Camerún, ha demostrado tener la capacidad de ofrecer al mismo tiempo una fase preliminar competitiva y poder enviar equipos al máximo torneo que pueden jugar ante cualquiera de las selecciones mas tradicionales de Europa o Sudamérica. Y sin embargo, aun con todo esto dicho, África es la gran ausente de este Mundial.
Para explicarlo podriamos resumirlo en un nombre: Michel Nkuka Mboladinga. Durante noventa minutos no mueve un músculo. Subido a un pequeño pedestal, vestido de traje y corbata en amarillo, azul y rojo, con el brazo derecho en alto y la mirada perdida detrás de unas gafas, sostiene una pose que es a la vez homenaje y denuncia. Quizás a él lo conozcan mas como Lumumba, en referencia a Patrice Lumumba, el primer jefe de Gobierno de la República Democrática del Congo tras la independencia de Bélgica, asesinado en 1961. No celebra goles ni reacciona a las jugadas. Antes de convertirse en la "estatua viviente" de los Leopardos trabajaba en una panadería de Kinshasa. Hoy es una celebridad continental, el hincha que logró visibilizar a todo un país sin pronunciar una sola palabra.
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Y aún así, ni siquiera él pudo entrar a tiempo. Mboladinga se perdió el debut del Congo ante Portugal porque las autoridades estadounidenses le exigieron una cuarentena obligatoria de 21 días en un tercer país, una medida aplicada a los viajeros procedentes de naciones afectadas por el brote de ébola que atravesaba la RD Congo. Cumplió el aislamiento en México y recién entonces llegó a Guadalajara. Tampoco pudo estar presente en la clasificación histórica de su selección tras el triunfo ante Uzbekistán, ya que no le otorgaron la visa para ingresar a Estados Unidos. Si al hincha más célebre del continente, reconocido por la propia federación e incluido en la delegación oficial a pedido de los jugadores, le costó semejante odisea poner un pie en el Mundial, vale preguntarse qué quedó para el resto. La respuesta es incómoda: en la Copa del Mundo que se promociona como la de todos, falta un continente entero.
El torneo que reparten Estados Unidos, México y Canadá quedó atravesado por un conflicto que poco tiene que ver con el juego. La política migratoria de la administración de Donald Trump dificultó, y en muchos casos directamente impidió, la entrada de aficionados africanos a territorio estadounidense. El resultado fue inédito: selecciones como Senegal y Costa de Marfil disputaron un Mundial sin poder enviar delegaciones oficiales de hinchas desde sus países. Senegal vio cómo Estados Unidos rechazaba de forma masiva los visados de los simpatizantes que pensaban cruzar el Atlántico. Por primera vez en su historia mundialista, el país no tuvo público propio en las tribunas. El propio Kalidou Koulibaly, defensor central y capitán de la selección, lo dijo claro: "Creo que cada equipo puede tener a su gente, así que no entiendo por qué la gente de África no puede tener a la suya".
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La barrera burocrática vino acompañada de una exigencia económica difícil de digerir. Washington reclamaba a los nacionales de unos cincuenta países en desarrollo, Cabo Verde entre ellos, un depósito de entre 5.000 y 15.000 dólares para obtener el visado, una fianza reembolsable al regresar al país de origen. El sistema se flexibilizó parcialmente apenas un mes antes del arranque, pero para entonces el daño ya estaba hecho para miles de personas que habían desistido del viaje. La postura oficial la sintetizó el secretario de Estado, Marco Rubio, con una frase tan clara como brutal: "Tener una entrada no es un visado". Justamente ese costo fue el que, por ejemplo, le negó la posibilidad a la madre de Vozinha, el arquero sensación de Cabo Verde, ver a su hijo brillar en el Mundial. Solo tras la intervención de miembros del congreso estadounidense, el propio Marco Rubio terminó autorizando la exención del costo de la visa para que la madre pueda ver a su hijo. El caso de Omar Artam, el árbitro somalí expulsado al inicio del torneo funcionó como anticipo de lo que vendría. Si ni siquiera quienes están vinculados a la competición estaban a salvo, el hincha común no tenía ninguna chance. La puerta del Mundial no estaba cerrada del todo, pero quedó entornada de un modo que dejó pasar a unos pocos y bloqueó a la enorme mayoría.
A la traba estatal se suma la del propio bolsillo. El precio elevado de las entradas y de los pasajes transatlánticos terminó de desalentar incluso a quienes podrían haber sorteado el trámite consular. Y mientras las federaciones africanas y los referentes de las hinchadas reclamaban respuestas, la FIFA optó por mirar hacia otro lado. Su presidente, Gianni Infantino, negó tener control sobre la concesión de visados y habló de "desafíos" en la organización, una respuesta que no conformó a nadie. El organismo que se llena la boca con el fútbol como lenguaje universal se declaró incompetente justo cuando una porción del planeta quedaba afuera de su fiesta.
En este caso sería cómodo cargar toda la responsabilidad sobre la coyuntura migratoria, pero a la vez es injusto. Las visas caras, los rechazos masivos y las cuarentenas fueron el detonante, pero se montaron sobre cimientos que existen al margen de cualquier Mundial. Tres barreras estructurales explican por qué a un hincha africano siempre le cuesta más, en tiempo y en dinero, cruzar el mundo que a uno europeo o sudamericano. La primera es aérea. África es el continente peor conectado por vía aérea del planeta, y menos de una de cada cinco rutas dentro del continente son directas. La consecuencia práctica es que muchos viajeros africanos deben volar primero a Europa o a Medio Oriente antes de llegar a destino, aunque ese destino esté en la propia África, y mucho más si está en América.
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Para quien quiera ir de Dakar, Praia o Kinshasa a las sedes norteamericanas, eso significa itinerarios con varias escalas, típicamente vía París, Lisboa, Madrid, Casablanca, Estambul o Doha, con más horas de vuelo, más noches de hotel intermedias y tarifas considerablemente más caras que un trayecto directo. Las raíces del problema son conocidas: acuerdos bilaterales restrictivos, proteccionismo de algunos reguladores nacionales, infraestructura aeroportuaria limitada y falta de demanda para sostener rutas directas. Antes incluso de pedir una visa o comprar una entrada, el solo hecho de llegar físicamente desde África ya parte de una desventaja estructural.
La segunda barrera, como mencionamos antes, es económica, y conviene no meter a todo el continente en la misma bolsa. Senegal tiene un PIB per cápita de aproximadamente 1.460 dólares anuales, apenas un 12% del promedio mundial, con un salario medio que ronda los 210 dólares mensuales. Para un trabajador senegalés, una fianza de visado de cinco cifras equivale a años enteros de ingresos, antes siquiera de sumar pasajes y entradas. La República Democrática del Congo, uno de los países más pobres del mundo en ingreso per cápita, vuelve el viaje sencillamente inalcanzable para la enorme mayoría de su población. Por eso la figura de Lumumba se percibe como representante simbólico de los millones que se quedaron en casa. Cabo Verde, en cambio, es un país de ingreso medio con buenos indicadores de desarrollo, sostenido por el turismo. Aun así, ni esa posición relativamente mejor blindó a una familia concreta frente a una fianza de hasta 15.000 dólares exigida de golpe. Aún así, como en todo país, hay (pocos) sectores de la población mas acomodados económicamente, y son ellos quienes enfrentan las imposibilidades estructurales de acceder al Mundial, a pesar de contar quizás con el dinero disponible.
Pero hay una tercera barrera y es la que otorga, o mejor dicho niega, el propio documento. Los índices globales de pasaportes miden a cuántos destinos puede acceder su titular sin visa previa, y allí los africanos figuran sistemáticamente en los puestos más bajos. La brecha está en máximos históricos: el pasaporte más fuerte abre acceso a unos 190 destinos, mientras que los más débiles del mundo, varios de ellos africanos, apenas habilitan unas pocas decenas de países vecinos. Esa diferencia de más de 160 destinos entre el documento más y menos poderoso es la más amplia en los veinte años que lleva midiéndose. En la práctica, el titular de un pasaporte africano casi siempre debe tramitar una visa por adelantado, con su costo, su burocracia, sus entrevistas consulares y la posibilidad real de un rechazo. Lo que vive el hincha africano en 2026 es la versión extrema y visible de una desigualdad de movilidad que enfrenta todos los días.
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Aún así, quien mire las transmisiones encontrará banderas, camisetas y el típico color de los equipos africanos. Las tribunas no están vacías, sino todo lo contrario. Pero hay un matiz que lo cambia todo: quienes están ahí, en su enorme mayoría, no llegaron desde África. Son miembros de la diáspora ya radicada principalmente en Estados Unidos o Europa. El propio diseño de los planes de contingencia lo confirma. Senegal, ante la imposibilidad de traer a su gente, optó por repartir 400 entradas por partido entre ciudadanos senegaleses residentes en territorio estadounidense. Costa de Marfil quedó en la misma situación: su comité de hinchas solo consiguió permiso para un puñado de funcionarios, encargados de coordinar a cerca de mil marfileños de la diáspora que apoyarían al equipo desde las tribunas. Las federaciones lo admitieron sin vueltas: las selecciones africanas dependieron del respaldo de sus comunidades migrantes ya instaladas.
Esa diáspora que sostiene el color en las gradas carga, además, con un temor propio. Es la misma comunidad expuesta a la presencia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (el "ICE", como se lo conoce por sus siglas en inglés) alrededor de los estadios. Durante la fase de grupos no hubo redadas confirmadas dentro de los partidos, pero sí agentes desplegados en las once ciudades sede estadounidenses, y ningún funcionario se comprometió a suspender las operaciones habituales durante el torneo. El que alienta a Senegal o a Cabo Verde desde Nueva York o Atlanta lo hace, muchas veces, mirando de reojo. La fiesta que debía ser refugio se convirtió, para parte del público, en un territorio incierto.
El color en las tribunas no representa un viaje desde Dakar, Abidjan o Kinshasa, sino a senegaleses, marfileños o congoleños que emigraron hace años. Muchos llevan tiempo sin volver a su tierra, y algunos, hijos de migrantes nacidos en el exterior, apenas la conocen. Alentar a la selección se vuelve para ellos una de las pocas formas tangibles de reconectar con un país que es más herencia y memoria que experiencia vivida. La diáspora maquilla la ausencia, pero no la reemplaza. Lumumba, inmóvil sobre su pedestal, encarna mejor que nadie la paradoja de este Mundial: un continente que está representado en la cancha y en el alma de quienes emigraron, pero ausente en las tribunas.
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