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CURIOSIDADES
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07·Curiosidades

Crítica de "Minions & Monsters"

Pierre Coffin firma el regreso de los minions con esta cinta, una reivindicación de ardiente amor y golpes humorísticos desarmantes de la comedia, del gag y del regador regado.

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Crítica de "Minions & Monsters"
Crítica de "Minions & Monsters"

Pierre Coffin firma el regreso de los minions con esta cinta, una reivindicación de ardiente amor y golpes humorísticos desarmantes de la comedia, del gag y del regador regado.

Por Fausto FernándezPara Fotogramas

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Una persecución sin final que lleva al cinéfilo, y a quien haya disfrutado o quiera disfrutar con la comedia física en estado embrionario y puro, desde 'Asalto y robo de un tren', de Edwin S. Porter, a 'Tiempos moderno', 'El hombre mosca' y 'El héroe del río', es la secuencia de 'Minions & Monsters', sin ninguna duda la cumbre en la gran pantalla de estos robaescenas amarillos, en la que Pierre Coffin y su iluminado equipo creativo de los estudios Illumination nos descubren el nacimiento del 'slapstick'. Exactamente igual que en 'Así empezó Hollywood', esa maravilla dirigida por Peter Bogdanovich que cumple medio siglo este año sin que nadie lo celebre… hasta que han llegado los Minions, el ritmo desenfrenado y caótico que definió al género cómico en los años dorados de su infancia surgía precisamente por casualidad: una persecución accidentada por tierra, mar y aire donde el más difícil todavía, donde lo imposible, se convertía en una herramienta narrativa, en una figura de estilo y una declaración de intenciones.

Esta última e irresistiblemente cinéfaga aventura (aventuras si seguimos la sucesión de viñetas con destino a Hollywood) de los esbirros despiporrantes de Gru (último villano en una larga lista de ellos) es precisamente eso: una reivindicación de ardiente amor y golpes humorísticos desarmantes de la comedia, del gag y del regador regado (él mismo en los créditos iniciales Meliès). Una defensa acérrima de la carrera alocada por un Hollywood que se asemeja a la ciudad de otro Buster Keaton, 'El rey de los cowboys', carrera sin fin con los Keystone Cops hacia una meta que es la risa.

Narrada desde un presente con déficit de atención, tablets y teléfonos inteligentes, 'Minions & Monsters' nos exige sentarnos y escuchar la historia de, eso, de cómo comenzó Hollywood. Y no fue desde los grandes nombres o desde las grandes e importantes coartadas culturales, sino desde las máquinas en las barracas de feria y desde los Nickelodeon. Por eso, que la más cinéfila de las epopeyas cinéfilas sobre los orígenes del cine estrenadas hasta la fecha, el citado largometraje de Bogdanovich al margen, sea una película de animación (el cinematógrafo ES animación: 24 imágenes estáticas por segundo), protagonizada por los minions y no 'La invención de Hugo', de Martin Scorsese, debería ser aplaudido, y con ganas.

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Una historia sobre el ayer de un cine sin algoritmos que perseguía el entretenimiento máximo a la vez que descubría el lenguaje y sus mecanismos. Un Hollywood acaso inventado a pesar de los cameos y las citas, una de ellas tan malintencionada (y sí que para muy aficionados a la intrahistoria del séptimo arte) como la de la botella de champagne camino de la fiesta salvaje de Roscoe 'Fatty' Arbuckle. Un Hollywood 'Loquilandia', sí, pero asimismo el de los grandes estudios y productores (esos Gargantúa y Pantagruel hermanos Bright a quienes presta la voz Jeff Bridges) con el pulso entre arte y negocio, la llegada de la crisis del sonoro (qué mejor ejemplo el galimatías idiomático minion) y el del extrarradio de las majors.

'Minions & Monsters' no levanta nunca el pie del acelerador: su catarata de gags es torrencial, y más graciosa que la de la última 'Scary Movie', sea la del resbalón por una piel de plátano o la de cómo narices se pronuncia el Rosebud de 'Ciudadano Kane'. Puede que para cierto público todo ello les resulte agotador pero no lo es: el cine nació y creció de una manera veloz, a base de prueba y error, de casualidades y de intuición. Es justo en este aspecto en el cual la cinta de Pierre Coffin se centra en su parte final tras el crack de 1929 y los cambios drásticos por la irrupción del cine sonoro: la recuperación de la magia, la anarquía y la libertad, de la fantasía. Largometrajes de estética teatral y actores florero recitando pulcramente sus diálogos sin moverse de los decorados.

Entonces es cuando los minions (especialmente esa pareja creativa digna de los hermanos que protagonizaban 'Good morning, Babilonia', de otra pareja fraternal, los Taviani), desterrados al Bowery, la zona lumpen de Hollywood con sus series Z de encanto admirable, hacen otro gran descubrimiento: el género fantástico y de terror. Un género que no es esclavo de las palabras y con toda la libertad para apelar a nuestra capacidad de soñar. Y es cuando 'Minions & Monsters' se mira en 'Ed Wood', de Tim Burton, y en cómo el "peor director de la historia del cine" se hermanaba en pasión con el mismísimo Orson Welles. El clímax del film recobra, espectacularmente, el del desembarco en Hollywood inicial. Suma una trama humana romántica que no molesta, es simpática, y apuesta asimismo por lo fantástico, aunque si no estuviera tampoco pasaría nada.

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Los Minions no solo han vuelto a robar una película, esta vez una de las suyas, sino que la han convertido en la enciclopedia visual, conceptual e histórica definitiva de los orígenes del cine. Una rabiosamente divertida. Una que se sabe cercana, humilde y consciente de lo que es, de lo que es el cine: esa conclusión donde se celebra el artificio de una forma tan maravillosa como la de 'Las tres caras del miedo', de Mario Bava.

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