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CURIOSIDADES
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07·Curiosidades

Diario de viaje: el momento en el que Kansas City empezó a sentirse como casa

Después del vértigo de Dallas y una madrugada con apenas tres horas de sueño, el regreso al búnker de la Selección dejó una sensación inesperada: la de volver a un lugar familiar.

Diario de viaje: el momento en el que Kansas City empezó a sentirse como casa
Diario de viaje: el momento en el que Kansas City empezó a sentirse como casa

Resumen para apurados

Dicen que uno empieza a sentirse en casa cuando deja de mirar el mapa. Cuando ya sabe cuánto tarda el Uber, dónde comprar un café, qué camino tomar y hasta cuáles son los pequeños defectos de un lugar. Algo de eso me pasó con Kansas City.

Con Matías (Auad) volvimos después de dos días en Dallas y la sensación fue extraña. Dallas impresiona. Es gigante. Es una sucesión infinita de autopistas, de autos que pasan a toda velocidad y de una energía que parece no detenerse nunca. Todo se mueve rápido; demasiado rápido. Y quizás por eso, cuando el avión aterrizó, sentí algo parecido a un regreso.

El cansancio ya había empezado a pasar factura varias horas antes. Después del triunfo de Argentina contra Austria, me acosté cerca de la medianoche. A las tres de la mañana sonó el despertador. Ducha rápida, valijas y otra vez rumbo al aeropuerto. Son esas jornadas en las que uno ya no sabe si tiene sueño o simplemente funciona en automático.

También son esas jornadas en las que uno descubre que en Estados Unidos el aire acondicionado merece una categoría aparte. Afuera, Dallas seguía ofreciendo ese calor agobiante que pega en la cara apenas se abre una puerta. Adentro, en cambio, los aeropuertos parecían una cámara frigorífica. En cuestión de segundos pasábamos del verano texano a unos 10 grados bajo cero más o menos.

Del vuelo de regreso recuerdo poco. Me dormí apenas despegamos y volví a abrir los ojos con el golpe seco de las ruedas contra la pista. Habíamos llegado.

Y Kansas City estaba ahí. Reluciente. Con sol, unos 20 grados y esa calma que hace 10 días me parecía excesiva y que ahora empieza a sentirse familiar. Algo así como si la ciudad me hubiera estado esperando con los brazos abiertos.

Acá estaremos junto a la Selección hasta el viernes, cuando toque volver a Dallas para el partido contra Jordania. Tal vez sea la última vez acá; o tal vez el destino vuelva a traernos para unos hipotéticos cuartos de final. Ojalá. Porque uno se encariña con algunos lugares, incluso hasta con sus rarezas.

Ya conocemos sus horarios imposibles, sus calles impecables, sus atardeceres silenciosos y hasta sus defectos. Sabemos que después de las nueve de la noche cuesta encontrar algo abierto, que el centro parece quedarse sin gente demasiado temprano, que el transporte público funciona correctamente y que la tranquilidad, por momentos, puede parecer excesiva.

Pero también sabemos dónde tomar un café, qué supermercado tiene mejores precios y qué lugares podemos visitar para dejar atrás el estrés que genera una jornada laboral de un día de partido de la Selección.

Quizás por eso, mientras el avión frenaba y aparecía otra vez el paisaje de Kansas City por mi ventanilla, tuve una sensación inesperada para alguien que está a más de 8.000 kilómetros de su casa. Tuve la sensación de que estaba volviendo.

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