El barrio tucumano que nació con el Mundial 1978 y vive cada Copa como una fiesta
Eduardo Villagra vive en el barrio Argentino, es el único hincha de Estudiantes entre ocho fanáticos de Boca y junto a su familia convirtieron su casa en un homenaje a la tercera estrella y a la selección argentina

Hay lugares donde el Mundial se vive durante un mes y medio. En el barrio Argentino, de La Cocha, el fútbol se respira todo el año. El nombre no es casualidad. Nació en 1978, el mismo año en que la selección levantó por primera vez la Copa del Mundo de la mano de Mario Kempes, y desde entonces el Mundial quedó grabado en su identidad.
Ahora, mientras Argentina vuelve a ilusionarse en el Mundial 2026, el barrio parece vivirlo a flor de piel. No hay casa sin una bandera celeste y blanca colgada de una ventana o de un portón. En algunos paredones hay murales de Lionel Messi y Diego Maradona. En las plazas y en las canchas los chicos juegan partidos que imitan a los de la selección. El campeonato se cuela en cada rincón.
Entre todas esas viviendas hay una que llama especialmente la atención. En el frente, un pequeño mural reproduce la Copa del Mundo junto a la bandera argentina y una fecha imposible de olvidar: 18-12-2022. A un costado, banderines albicelestes decoran la puerta de entrada y una guirnalda de globos celestes y blancos atraviesa el garaje. La escenografía no pasa inadvertida para los que circulan por el frente de la casa.
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Allí vive Eduardo Villagra, que hace más de 30 años llegó al barrio y encontró un lugar donde la pasión por el fútbol forma parte de la vida cotidiana. El mural nació por iniciativa de su hija menor, artista dedicada a la pintura de murales, que quiso inmortalizar el recuerdo de la tercera estrella conseguida en Qatar. "Para que quede eternamente, ahí en la casa", contó entre risas. Y ya hay una promesa familiar. Si Argentina vuelve a ser campeón, habrá un nuevo mural.
Los partidos de la Selección se viven con nervios y con la casa llena. Nueve personas comparten el techo y también la ilusión mundialista. "Somos todos fanáticos", dijo Eduardo, convencido de que el sufrimiento también une. El agónico triunfo sobre Egipto fue la mejor prueba. "Parecía que ya quedábamos afuera", recordó.
Aunque en su hogar abundan las camisetas y los cuadros de Boca Juniors, él representa la excepción. Es el único hincha de Estudiantes de La Plata entre su esposa, sus hijos y sus nietos. Su amor por el "Pincha" nació hace más de cinco décadas. En 1969 acompañó a un hermano a Concepción para ver un amistoso entre Estudiantes y Concepción Fútbol Club. Aquel equipo, que tenía entre sus figuras a Carlos Bilardo, Oscar Malbernat y Alberto Poletti, ganó 3 a 1 y lo conquistó para siempre. Desde entonces adoptó los colores rojo y blanco como propios y también comenzó a seguir a San Martín de Tucumán.
La convivencia futbolera dentro de la casa nunca fue sencilla. "Ellos sí son fanáticos", dijo mientras hablaba de su familia xeneize. Los campeonatos ganados por uno y otro equipo alimentaron durante años las cargadas, aunque siempre dentro del clima familiar.


Los Mundiales también marcan su propia historia. Del de 1978 se acuerda haber visto la final en un televisor blanco y negro junto a unos amigos en San Ignacio. Después llegaron los festejos en la plaza y el alivio cuando aquel cabezazo sobre el final pegó en el travesaño. "El argentino nació para sufrir", definió.
El de México 1986, en cambio, lo vivió con otra tranquilidad. Admirador incondicional de Diego Maradona, estaba convencido de que con él en la cancha el título era cuestión de tiempo. "Para mí jugaba Maradona y ya era triunfo absoluto", afirmó.
Ahora se escribe un nuevo capítulo de la historia. Para este Mundial, la familia mantiene su propia cábala, que involucra a su mascota. Sus hijas y nietas incluyen al perro en el ritual pintándole la cara de celeste y blanco.
Eduardo mira el torneo con ilusión, sin hacer la vista gorda con dificultad del camino. Cree que Francia será uno de los rivales más complicados, pero confía en que la paciencia y la tranquilidad pueden volver a poner a la Argentina en la pelea.
En una casa donde las paredes guardan el recuerdo de Qatar, donde conviven un solitario hincha de Estudiantes con ocho xeneizes y donde hasta un perro anciano se suma a las cábalas mundialistas, la ilusión vuelve a teñirse de celeste y blanco, los colores que estuvieron siempre presentes.
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