El imperio contraataca… desde la tribuna | Diario del Fin del Mundo
Por: Comité Editorial EDFM

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urante el Mundial, sectores de la prensa inglesa, española, francesa e italiana buscaron explicar el avance argentino mediante conspiraciones arbitrales. La Scaloneta respondió en la cancha y dejó al descubierto algo más persistente que una rivalidad deportiva: la dificultad de las antiguas potencias para aceptar que ya no administran el talento, el prestigio ni la historia ajena.
Argentina terminó segunda en el mundo, pero consiguió algo que, a juzgar por ciertas reacciones europeas, resultó todavía más irritante: volvió a ocupar el centro de la escena sin solicitar permiso a ninguna corona.
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Durante buena parte del Mundial se desplegó una campaña destinada a presentar cada triunfo argentino como el resultado de alguna oscura combinación entre la FIFA, los árbitros y Lionel Messi. Para determinados medios y comentaristas, la Selección no avanzaba por capacidad, carácter o jerarquía, sino gracias a una conspiración internacional sorprendentemente torpe: todos podían descubrirla desde un estudio de televisión, pero nadie conseguía demostrarla.
La sospecha funcionó como un cómodo analgésico. Si ganaba Argentina, había ayuda arbitral. Si Messi desequilibraba, gozaba de protección. Si el equipo remontaba un partido imposible, seguramente Gianni Infantino había bajado al vestuario durante el entretiempo para explicarles a Enzo Fernández y Lautaro Martínez dónde debían hacer los goles.
La teoría alcanzó su expresión más pintoresca en Inglaterra, donde algunos comenzaron a cuestionar al árbitro de la semifinal antes de que rodara la pelota. Previsión británica, se llama: cuando se teme una derrota, nada mejor que redactar anticipadamente la denuncia.
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Después ocurrió lo imperdonable. Argentina derrotó 2-1 a Inglaterra con una remontada épica y dejó al orgulloso león mirando cómo Messi, a los 39 años, volvía a dictar una clase magistral. La Selección inglesa tenía el partido en sus manos, pero permitió que se le escapara. No fue un complot: fue fútbol. Esa disciplina bastante incómoda en la que los antecedentes imperiales, los títulos nobiliarios y la solemnidad de Buckingham no suman puntos.
El encuentro también devolvió al primer plano la cuestión Malvinas. Conviene aclararlo: ningún resultado deportivo resuelve una disputa de soberanía. Pero tampoco puede reclamarse que la Argentina silencie su memoria para no incomodar a un país que continúa administrando territorios situados a miles de kilómetros de sus costas. Inglaterra pretende presentarse como una democracia poscolonial mientras conserva cuidadosamente las llaves de varias habitaciones del viejo imperio. Modernidad británica: cambiar el mobiliario sin devolver la casa.
España merece un párrafo particular. Su seleccionado jugó un gran Mundial y ganó legítimamente la final. Reconocerlo no obliga a aceptar la suficiencia de quienes confundieron superioridad futbolística con restauración borbónica. Algunos comentaristas parecieron esperar que los argentinos, además de disputar el partido, inclinaran la cabeza ante sus graciosas majestades y agradecieran haber sido admitidos en el césped.
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La conquista terminó hace bastante, aunque la noticia aparentemente todavía viaja por barco hacia ciertos estudios televisivos de Madrid. España ganó la Copa; no recuperó el Virreinato del Río de la Plata. Puede celebrar su magnífico equipo sin exigirnos pleitesía, genuflexión ni permiso real para opinar.
Francia tampoco quedó al margen del coro. Llegó envuelta en suficiencia y terminó perdiendo 6-4 ante la misma Inglaterra que Argentina había eliminado. Diez goles recibió el partido por el tercer puesto, pero seguramente algún especialista parisino encontrará la manera de responsabilizar a Messi, incluso sin haber estado en la cancha.
Resulta igualmente pobre convertir el origen africano de numerosos futbolistas franceses en una provocación. No es un insulto: son ciudadanos franceses, muchos nacidos en Francia, y su presencia expresa una sociedad formada también por la inmigración procedente de antiguas colonias. La verdadera pregunta no es por qué hay tantos afrodescendientes en la Selección, sino por qué esa diversidad resulta mucho más visible dentro de un estadio que en las cúpulas políticas, económicas y empresariales del país.
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Francia celebra la integración cuando Mbappé convierte goles, pero sufre periódicos ataques de amnesia cuando los descendientes de inmigrantes reclaman igualdad efectiva fuera de la cancha. Los abraza con la camiseta puesta y suele mirarlos con desconfianza cuando regresan a sus barrios. Una fraternidad con horario deportivo.
Aunque claro está, problema de los franceses.
A este coro se plegaron también algunos medios italianos, siempre dispuestos a reproducir las teorías sobre los supuestos favores concedidos a Messi y la Argentina. Es comprensible cierta irritación. Por tercera vez consecutiva, la selección italiana debió mirar el Mundial por televisión. La tetracampeona no logró siquiera clasificarse para una competencia de 48 equipos, pero parte de su prensa encontró tiempo para auditar el desempeño argentino.
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Se trata de una contribución invalorable: Italia no pudo aportar futbolistas al torneo, pero sí fiscales mediáticos. Mientras la Scaloneta disputaba partidos decisivos, algunos comentaristas italianos examinaban cada tarjeta y cada intervención del VAR desde la comodidad del sofá. Quizás sea una forma de sentirse partícipes. Cuando no se consigue entrar por la puerta del Mundial, siempre queda la posibilidad de asomarse por la ventana y hablar pavadas.
Hay, finalmente, una deliciosa paradoja. Dos de los países desde donde llegaron las críticas más altivas —Inglaterra y España— destinan todavía importantes recursos públicos a sostener monarquías, palacios, ceremonias y reverencias. Después llaman atrasados a los demás. Los franceses no mantienen reyes, aunque conservan suficiente pompa estatal e imaginación imperial para no sentirse excluidos de la sobremesa.
Si de coronas se trata, Argentina puede participar. Tenemos dos reyes indiscutibles del fútbol: Diego Maradona y Lionel Messi. Y, para quienes necesiten necesariamente una carroza, también podemos ofrecerles a Máxima, argentina y reina de los Países Bajos. Como se observa, disponemos de un menú amplio: reyes populares, reina exportada y ninguna obligación presupuestaria de hacer reverencias.
Tampoco estaría de más recordar que, cuando Europa padeció guerras, hambre y destrucción, Argentina envió alimentos y abrió sus puertas a millones de inmigrantes. Muchos encontraron aquí el trabajo, la paz y el futuro que sus orgullosas metrópolis no podían ofrecerles. No pedimos agradecimiento eterno, pero sí un poco menos de arrogancia hereditaria.
La Selección perdió una final, pero volvió a demostrar grandeza. Sus detractores, en cambio, ganaron otra oportunidad para mirarse al espejo. Antes de buscar la supuesta mano de la FIFA, la protección a Messi o la paja en el ojo argentino, deberían revisar la viga colonial, monárquica y discriminatoria que todavía cargan en el propio.
Quizás entonces comprendan algo elemental: Argentina no necesita permiso de ningún imperio para sentirse orgullosa. Y mucho menos de imperios que, cuando pierden jugando, todavía quieren llevarse la pelota.
(*) El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de EDFM. El desarrollo editorial está basado en su experiencia, investigación y debates sobre los temas abordados.
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