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ECONOMÍA
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05·Economía

El siglo XXI sigue viajando en barco

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El siglo XXI sigue viajando en barco
El siglo XXI sigue viajando en barco

La globalización no flota en la nube: navega por choke points. Aunque el siglo XXI hable de inteligencia artificial, satélites, drones, chips, finanzas digitales y guerras cibernéticas, la economía real sigue dependiendo de barcos, puertos, rutas marítimas y pasos geográficos estrechos.

Detrás de cada pantalla, cada medicamento, cada fertilizante, cada auto eléctrico y cada contenedor que llega a un supermercado hay una cadena física de transporte que puede alterarse en cuestión de horas.

En geopolítica, los choke points son puntos de estrangulamiento: pasos marítimos naturales o artificiales donde se concentra una parte decisiva del comercio mundial, la energía y las mercancías. Su importancia no está solo en lo que dejan pasar, sino en lo que pueden impedir. Un bloqueo, una amenaza militar, una sequía, un sabotaje, una crisis política o el aumento del costo de los seguros puede modificar rutas, encarecer fletes, retrasar entregas y trasladar precios a toda la economía mundial.

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El dato central es contundente: alrededor del 80% del volumen del comercio mundial se transporta por mar. Eso significa que la economía global puede digitalizar pagos, automatizar fábricas y operar mercados financieros en tiempo real, pero no puede descargar petróleo, granos, gas, minerales, alimentos, repuestos ni máquinas desde una nube. El comercio internacional sigue necesitando barcos; y esos barcos no circulan por un océano abstracto: atraviesan estrechos, canales y pasos donde la geografía se convierte en poder.

Algunos de los ejemplos más importantes explican esta fragilidad: el Estrecho de Ormuz concentra una parte decisiva del petróleo y del gas que sale del Golfo Pérsico; por eso cada tensión con Irán impacta sobre el mercado energético (el punto energético más crítico del mundo, canalizando entre 1 y 1.5 billones de dólares anuales, incluyendo más de 20 millones de barriles de petróleo diarios).

El Estrecho de Malaca es vital para China, Japón, Corea del Sur y el Sudeste Asiático porque une el océano Índico con el Pacífico (la arteria más transitada que mueve entre 1.5 y 2.8 billones de dólares al año concentrando el 24% de todo el comercio marítimo global). Suez y Bab el-Mandeb forman el corredor que conecta Asia y Europa a través del Mar Rojo; cuando esa zona se vuelve insegura, las navieras rodean África, aumentan los costos y se alargan los tiempos de entrega.

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El Canal de Panamá conecta Atlántico y Pacífico, pero depende del agua dulce: una sequía puede transformarse en una crisis logística global (mueve entre 300.000 y 500.000 millones de dólares al año).

Por eso los choke points son claramente herramientas de competencia geopolítica. Las potencias navales, los Estados ribereños, las alianzas militares e incluso actores armados no estatales pueden usar esos puntos para condicionar el comercio, presionar adversarios o alterar precios globales. No necesitan controlar el planeta, les alcanza con actuar en el lugar donde el planeta se estrecha.

En este mapa, América del Sur no debería mirarse como periferia. El Estrecho de Magallanes, en el extremo austral del continente, tiene una importancia que suele subestimarse. Cuando Panamá se complica por sequía, restricciones operativas o saturación, el sur vuelve a recordar su valor estratégico. Magallanes no reemplaza al Canal de Panamá para la mayoría de las rutas por distancia, costos y tiempos, pero sí funciona como una alternativa bioceánica natural entre Atlántico y Pacífico.

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Su valor no es solo comercial, si bien Magallanes es una bisagra entre el Atlántico Sur, el Pacífico Sur y el océano Austral; también es una puerta hacia la Antártida. Y ese dato será cada vez más importante. El continente blanco, está protegido por un régimen internacional que lo define como espacio dedicado a la paz y la ciencia, pero eso no elimina los intereses crecientes sobre sus recursos, su biodiversidad, sus rutas australes, su valor científico y su proyección estratégica.

La paradoja del siglo XXI es que el mundo se volvió más sofisticado, pero también más vulnerable. La inteligencia artificial necesita electricidad, chips, minerales, servidores y cables. Nada de eso se mueve solo con algoritmos, todo eso sigue subiendo a un barco.

Y América del Sur debería entenderlo antes de que otros decidan por ella: en el mundo actual no alcanza con tener alimentos, energía, minerales o agua. También habrá que saber por dónde salen, por dónde entran, quién asegura su circulación y quién puede encarecerla, bloquearla o condicionarla.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

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