Es hermano del "Tucu" Pereyra, brilló en la Liga Tucumana y hoy enseña fútbol a chicos
Diego Pereyra compartió los mismos sueños que su hermano, pero el fútbol los llevó por caminos diferentes. Las lesiones condicionaron su carrera, encontró su lugar en la Liga Tucumana y hoy transmite su experiencia a decenas de chicos en una escuela de El Colmenar.

Resumen para apurados
La historia de Diego Pereyra no es la de las luces ni la de las grandes ligas europeas. No es la de los contratos millonarios ni la de los estadios colmados en el primer mundo. Es, en cambio, la de miles de futbolistas del interior profundo: la del sacrificio cotidiano, la de los sueños que rozan la élite pero encuentran otro destino, y la de quienes, aun sin llegar a la cima, nunca abandonan el juego. Hermano de Roberto Maximiliano Pereyra(con pasado en River, la Juventus y la Selección), Diego supo convivir con esa dualidad que el fútbol suele imponer: dos caminos nacidos del mismo origen, pero con finales distintos. Sin embargo, lejos de cualquier frustración, su relato está atravesado por el agradecimiento y la aceptación.
"Muchos me decían que yo tenía más condiciones que mi hermano, pero el destino fue así. Él estuvo en el momento indicado. Y yo soy feliz por lo que logró, porque se lo merece", resume.
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Su vínculo con la pelota empezó temprano. A los ocho años ya estaba en las inferiores de Atlético Tucumán. Como tantos chicos del interior, soñaba con dar el salto a Buenos Aires. Probó suerte en Vélez y en Chacarita, pero no logró quedarse. No fue solo una cuestión futbolística: su cuerpo también le jugó en contra.
Los problemas en la rodilla lo limitaron en momentos clave. "No podía entrenar bien, me dolía mucho después de cada práctica. Me dijeron que eran problemas óseos relacionados al crecimiento. Hubo un momento en que ya no quería jugar más", recuerda. Ahí apareció el empuje familiar, ese sostén invisible que muchas veces define una carrera. Su hermano Roberto fue clave para que no abandonara. Así llegó a UTA, donde debutó a los 18 años y empezó a construir su propio recorrido.
Incluso tuvo la oportunidad de compartir cancha con su hermano menor en aquellos primeros años. "Jugamos juntos en Ranchillos, contra La Florida. Ganamos 2 a 0. Yo por un lado, él que tenía 15 años por el otro. Es un recuerdo hermoso", cuenta.
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Lejos del glamour, la Liga Tucumana fue su escenario principal. Un espacio que, según él mismo describe, era incluso más competitivo que en la actualidad. "Antes jugaban chicos más grandes, muchos que venían de clubes como Atlético o San Martín. Era muy duro, muy físico", explica.
Pasó por distintos equipos: Amalia, Deportivo Aguilares, La Florida, Sportivo Guzmán, Experimental, entre otros. Cada club le dejó algo, pero hay uno que lo marcó para siempre: Amalia. Allí fue protagonista de uno de los momentos más importantes de su carrera: el ascenso al Argentino B en 2013. Un logro que todavía hoy resuena en su memoria.
"Ese grupo era increíble, tanto en lo futbolístico como en lo humano. Era un equipo humilde que logró algo enorme", recuerda. La final quedó grabada a fuego: una cancha repleta, una definición por penales y una alegría desbordante. "Nunca había visto algo así en Amalia. La gente llenó la cancha como nunca. Ganar ese ascenso fue una locura", describe.
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Si hay un hilo conductor en su carrera, es la lucha contra el dolor físico. Primero las rodillas, después el pubis. Lesiones que no solo afectan el rendimiento, sino también la continuidad. A los 30 años, cuando jugaba en La Florida, una dolencia persistente terminó por marcar un punto de quiebre. Lo que parecía una pubalgia resultó ser una lesión ósea compleja.
"Había días que no podía ni caminar. Jugaba el sábado y el domingo amanecía destruido. Ahí me di cuenta de que tenía que parar", relata. Ese fue el final de su etapa en la liga. Pero no del fútbol.
Hoy Diego sigue ligado al deporte, aunque desde otro lugar. En El Colmenar funciona la Escuela de Fútbol "Maxi Pereyra", un proyecto familiar impulsado por su hermano Roberto. Allí, lejos de los flashes, se juega otro partido: el de la formación, el acompañamiento y los valores. "El predio lo hizo mi hermano para que tengamos una fuente de trabajo. Nosotros estamos ahí todos los días, enseñando a los chicos", cuenta.
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La rutina es intensa. Por la mañana, se dedica a sus hijos: los lleva al colegio, a entrenar. Por la tarde, se enfoca en la escuelita. Desde las 18, abre el predio, prepara todo y recibe a los chicos. Trabaja con niños de entre 4 y 14 años. Llegó a tener 90, pero tuvo que reducir el número para poder darles espacio y tiempo de juego a todos. "Los chicos quieren jugar. Si no juegan, se frustran. Entonces preferí achicar el grupo y trabajar mejor", explica. Hoy son alrededor de 60. Y el proyecto no para de crecer. Tanto, que el predio ya quedó chico.
En su discurso aparece constantemente una idea: el fútbol como herramienta, no solo como objetivo. "Lo más lindo que te deja el fútbol son los amigos, los compañeros. Eso queda para toda la vida", dice. También reflexiona sobre lo difícil que es llegar y, sobre todo, mantenerse. "No alcanza con tener condiciones. Hay que ser constante, disciplinado y humilde. Y también tener suerte", indica. Esa mirada, construida desde la experiencia, es la que intenta transmitir a los chicos.
Si el fútbol es el hilo conductor, la familia es el centro de todo. Diego no solo trabaja con sus hermanos, sino que también acompaña de cerca a sus hijos, que siguen el mismo camino.
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Su hija, de 13 años, juega al fútbol femenino. Su hijo, de 11, entrena en Atlético. Ambos son su mayor motivación. "Me gustaría que puedan llegar, pero sé que es difícil. Lo importante es acompañarlos, estar", asegura.
Diego no llegó a la élite, pero su historia no es de derrota. Es, en todo caso, una versión más real del fútbol: la de quienes sostienen el deporte desde abajo. Sigue jugando, incluso hoy, en ligas de veteranos. Sigue encontrándose con antiguos compañeros. Sigue sintiendo lo mismo cada vez que pisa una cancha. Y, sobre todo, sigue siendo parte. "Yo soy un agradecido de todo lo que me dio el fútbol", dice.
En tiempos donde el éxito suele medirse en cifras y títulos, la historia de Diego Pereyra ofrece otra perspectiva. Una donde el valor está en el recorrido, en los vínculos y en la pasión intacta. Porque no todos llegan a Europa. Pero muchos, como él, encuentran en el fútbol un lugar para quedarse para siempre.
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