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La comunidad del río: cuál es el deporte náutico que se volvió furor entre chicos y adolescentes

Los principales fanáticos de esta disciplina con alcance federal tienen entre 7 y 15 años; los adultos celebran la autonomía y el contacto con la naturaleza como contracara de las pantallas

La comunidad del río: cuál es el deporte náutico que se volvió furor entre chicos y adolescentes
La comunidad del río: cuál es el deporte náutico que se volvió furor entre chicos y adolescentes

Cada sábado y domingo, en verano o invierno, desde muy temprano, en los clubes náuticos de todo el país, cientos de chicos de entre 7 y 15 años repiten una misma rutina: la preparación del barco, el armado de la vela, las clases teóricas donde se miran las condiciones climáticas del día.

Luego bajan al agua durante entre tres y cuatro horas, para regresar, desarmar y volver al día siguiente.

La mayoría tiene su propio barco, sus velas, y la ropa adecuada para poder soportar las condiciones más extremas de frío o lluvia.

“El viento y la navegación a vela te ponen en contacto con la naturaleza y la incomodidad “, dice Roberto Ulloa, un marino que lleva más millas en agua que kilómetros en tierra.

Se subió por primera vez a un barco junto a su padre y tuvo como gran destino la Antártida: un mundo infinito en los ojos de un chico de 13 años.

Luego, siguió en buques de guerra durante más de cuatro décadas.

En enero último, recorrió el Estrecho de Le Maire e hizo base en la Isla de los Estados, la misma que Julio Verne inmortalizó en El Faro del Fin del Mundo.

“Es un punto de partida, porque nada como la naturaleza y la incomodidad para modelar el carácter”, subraya este navegante que conoce todos los vientos y mares.

Eso lo saben, de manera instintiva, los miles de chicos de todo el país que cada fin de semana bajan al agua a aprender a navegar a vela en un pequeño velero, el Optimist.

Lo saben cuando el viento rota en cuestión de segundos y hay que decidir el rumbo a tomar.

Lo saben cuando el barco se tumba y hay que adrizarlo solos.

Lo saben cuando cruzan la línea imaginaria de largada, o cuando no llegan a la meta y solo ellos pueden entender por qué.

“Aprender a navegar de chico es maravilloso porque inicia a un niño en la toma de decisiones.

Y que esas decisiones traen consecuencias, porque las malas decisiones en el mar se pagan caro”, agrega Ulloa.

“Obliga, además, al manejo de un arte donde todo es incierto.

Y, por otro lado, lo que todos sabemos: está el disfrute del mar o del río, la soledad y alejarnos de la civilización para tomar un descanso y pensarnos”.

El origen: una caja de madera La historia del Optimist comenzó en 1947, en Clearwater, Florida.

El Mayor Clifford Mackay regresaba de la Segunda Guerra Mundial y vio que su hijo se entretenía con una simple caja de madera con ruedas.

Le encargó entonces al arquitecto naval Clark Mills que diseñara algo mejor: un velero sencillo, fácil de timonear.

Mills cumplió y ese juguete de 2,35 metros de eslora, con una sola vela, un timón y una orza, con el tiempo cambiaría la vida de millones de niños en todo el mundo.

Todos los barcos tienen el mismo diseño y una medición reglamentaria que garantiza que sean todos iguales —por eso se llaman monotipos—: es esa paridad la que hace que gane el mejor timonel y no el mejor barco.

El Optimist conquistó primero las aguas de Florida y luego, de manera casi natural, se expandió por todo el mundo.

El primer campeonato mundial se realizó en 1962 en Gran Bretaña y desde entonces Argentina tuvo presencia en estos eventos y muchas veces obtuvo el título mayor.

El país fue sede en varias oportunidades y se postula para albergar la edición de 2028.

Además, es el semillero del segundo deporte con más medallas olímpicas de la historia argentina.

Nombres como Santiago Lange, Camau Espínola, Cecilia Carranza, Mateo Majdalani, Eugenia Bosco, pero también, figuras como Martín Billoch, el primer argentino en ganar un mundial de optimist en 1974 en Suiza.

Billoch falleció en 2025, y a manera de homenaje por su trayectoria en la categoría, el Campeonato Argentino de Optimist, el evento local más importante, lleva su nombre.

La rutina Cuando comenzó la categoría en la Argentina, los principales clubes de zona norte entrenaban de manera bastante simple.

Los chicos bajaban al agua en jean o en jogging, prenda que se mojaba a los pocos minutos, sin relojes que marcaran el tiempo de largada en las regatas.

Todo parecía adverso, más aún, durante los fríos días del invierno.

Sin embargo, la flota argentina no paró de crecer.

Y el gran salto se dio después de la pandemia junto con esa urgente necesidad de conectar con la naturaleza.

Hoy, con mejor equipamiento, ropas térmicas y más infraestructura, la flota nacional cuenta con más de 1500 deportistas de las distintas categorías: escuelita, principiantes y timoneles.

Estos últimos compiten en un ranking nacional y en campeonatos selectivos que definen quiénes representarán al país en los torneos internacionales que organiza la IODA –la federación global del Optimist, algo así como la FIFA de este deporte– con campeonatos en todos los continentes: Mundial, Sudamericano, Europeo, Norteamericano, Africano y Asiático.

La Argentina fue el único país del mundo que participó en todos ellos tanto en 2024 como en 2025, pese a las conocidas limitaciones económicas.

Hace apenas dos semanas, el equipo argentino logró el primer premio en el Nations Cap, organizado en el Campeonato Norteamericano en Halifax, Canadá.

De Misiones a Bariloche “Cuando tenía 9 años, mi hermano y yo aprendimos a navegar a vela en unos barquítos ínfimos (optimist).

La botavara nos daba en la cabeza 100 veces por clase hasta que aprendimos a bajarla muy rápido cada vez que girábamos y cambiaba el viento.

Pero quizás una de las cosas que más me quedaron de esos tiempos es que nuestro profesor nos decía: ‘Flexibles con el rumbo, fijos en la dirección’.

El hombre era un filósofo y no teníamos cómo darnos cuenta”.

Marilén Stengel estuvo apenas dos años, pero esa enseñanza le quedó para toda la vida.

Hoy es escritora, conferencista, potenciadora de talentos, autora de varios libros y realiza mentoring tanto grupal como individual.

Esa enseñanza, insiste, fue clave en la vida.

Nicolás Dasso, es misionero y tiene una larga trayectoria en optimist: hace 25 años abrió una escuela para fomentar la práctica en Posadas y ahora entrena a chicos en las aguas del Embalse de Yacyretá.

Lejos del Río de la Plata y de los grandes clubes de la zona norte del Gran Buenos Aires que históricamente dominaron la vela argentina, Dasso se propuso que Posadas, ciudad que mira al río, tuviera también su propia plaza náutica.

Pero además, desde hace 14 años, junto a otros entrenadores, tuvieron la iniciativa de abrir una Fundación que recibe a chicos de bajos recursos para que estos también puedan practicar el deporte.

Una novedosa mirada que creció con el tiempo.

Su ejemplo representa un hecho que se consolida desde hace años: la federalización del Optimist.

El mapa del deporte se extendió hasta lugares que hace 20 años hubieran parecido improbables y se sumaron, además, campeonatos como el Gran Prix del Litoral, un circuito de encuentros en diferentes ríos y lagunas, lo que fuerza el traslado de barcos, chicos y padres a cada destino.

“La navegación a vela es un deporte que, si bien es considerado individual, tiene mucho de grupal”, explica Dasso.

“En tierra aprenden valores de equipo, respeto, trabajo en conjunto.

En el agua, cada uno es capitán de su propio barco y tiene que tomar decisiones todo el tiempo.

Eso les enseña responsabilidad de una manera que ningún aula puede reemplazar”.

La Asociación Optimist Argentina (AOA), que nuclea a todos los deportistas y es conducida de manera honoraria por padres de los mismos chicos, tiene un propósito que va más allá de las medallas.

Quiere formar deportistas que trasciendan el Optimist: que participen en categorías superiores, que algún día lleguen a ser olímpicos, que nutran a los barcos deportivos y recreativos en cualquier lugar del país y en cualquier instancia de su vida.

Lo resumen en una sola frase: “No importa en qué.

Adultos en la orilla “El deporte funciona como organizador de la vida emocional”, dice Laura Krochik, especialista en crianza y adolescencia.

“Es, muchas veces, uno de los grandes escenarios donde un niño o un adolescente empieza a construir quién es.

Forma recursos emocionales, sociales y vinculares.

En la infancia, puede convertirse en un espacio donde los chicos aprenden a esperar, frustrarse, sostener un esfuerzo, convivir con otros, tolerar no ser siempre los mejores y descubrir que el valor personal no depende únicamente del resultado”.

Pero hay algo que para Krochik es central: el valor formativo del deporte no aparece solo por practicarlo.

Depende de cómo los adultos acompañan la experiencia.

“Puede ser un espacio de crecimiento o un lugar de presión, exigencia desmedida y medio a decepcionar.

Cuando el foco está puesto exclusivamente en ganar, los chicos dejan de conectarse con el disfrute.

En cambio, cuando el deporte está acompañado desde la confianza y el respeto por los tiempos de cada uno, se convierte en una experiencia estructurante”.

La naturaleza, el nuevo y ansiado lujo de hoy, ofrece algo que escasea: tiempo real.

“El viento, el agua, el silencio, el movimiento del cuerpo, los cambios de luz, el frío, el cansancio físico, la espera… Todo eso ayuda a regular el sistema nervioso.

Cuando un chico está en contacto con la naturaleza, vuelve a registrar el mundo con el cuerpo y no solamente desde una pantalla", sintetiza.

“La naturaleza devuelve algo muy valioso para la infancia y la adolescencia: dimensión.

En las redes sociales todo parece urgente e inmediato”.

Dos cuadras, dos mundos A dos cuadras del Club Náutico Las Barrancas, sobre el Río de la Plata, está el barrio Martín y Omar.

Dos realidades que conviven cerca pero que, durante años, no se tocaron.

Miguel “Chicho” Cichowolski, es uno de los creadores de Capitanes de Barrio, un proyecto que nació de observar exactamente esa paradoja: chicos que crecen a metros del río pero que nunca pusieron un pie en un barco.

Junto a Nacho Varisco, entrenador de 29 años, un grupo de padres se propusieron la titánica e impensada tarea de unir esas dos puntas, tan cercanas y lejanas a la vez.

“Vimos una gran posibilidad y necesidad”, dice Cichowolski.

“La posibilidad tiene que ver con lo que puede aportar el deporte náutico en los chicos.

Siempre me llamó la atención el crecimiento que genera la vela: además de disciplina y esfuerzo, genera muchísima autonomía y confianza en uno mismo.

Porque cuando estás solo en un barco, uno es el que resuelve.

Te enfrentás con mucho viento, poco viento, corriente, olas, lo que sea.

Y sólo tenés que evaluar las condiciones, analizar qué pasa, tomar una decisión y llevarla adelante”.

La necesidad tuvo que ver con algo más profundo: darles a esos chicos la posibilidad de soñar con un futuro distinto.

“Si uno conoce distintas opciones, después puede elegir por dónde ir.

Un poco la misma metáfora del barco: primero tenés que conocer las opciones para después elegir cuál tomar.

Y si bien estos chicos crecen muy cerquita de los espacios donde se desarrolla la vela, son dos realidades paralelas que prácticamente no se tocan”.

La vela enseña, además, y en contextos de vulnerabilidad que el esfuerzo tiene resultados concretos.

“En algunos entornos los chicos crecen sin ver esa ecuación.

No ven que hacer las cosas bien lleva a resultados distintos que hacerlas mal.

La vela les da esa experiencia en carne propia, con reglas claras y consecuencias reales.

El esfuerzo vale la pena: esa es la frase que queremos inculcarles”.

Uno de los casos más significativos es el de Brandon, que lleva seis años en Capitanes de Barrio.

Y el mes que viene viaja a Barcelona a competir en una regata de clásicos.

Un estilo de vida “¿Hay algo más importante que enseñarle a un chico de 8, 9 o 10 años a navegar solo?”, relata un video que circula por redes y muestra a una chica de 8 años mientras prepara su barco y baja al agua.

Navegar en optimist, señala, enseña geometría, mecánica y física mientras le demuestra a un niño que la inteligencia siempre vale más que la fuerza bruta, y que el tamaño y el género son irrelevantes para el éxito.

Un deporte donde la cancha —el viento y el agua— muta con cada regata para recordarles que la naturaleza es impredecible, pero que aun así impone reglas: derecho de paso, juego limpio, seguridad en el mar.

Lecciones que enseñan a confiar en el propio criterio, a hacerse responsables de las decisiones y a no culpar a nadie más que a uno mismo.

Un estilo de vida que empieza con el amor por el agua y termina en una habilidad casi mágica: leer el lenguaje secreto de las olas, las nubes, las corrientes y el movimiento del barco.

Un rito de paso: el chico que baja al agua, el barco que se hace pequeño en la distancia.

En el agua aprenden a sobreponerse a las inclemencias del clima y del mar.

Y cuando vuelven a la orilla, saben algo que no se enseña en ningún aula: que se asustaron, que les costó.

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