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CURIOSIDADES
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07·Curiosidades

La Lujuria: el sexo de plástico y por qué nuestra condena es la soledad

6/9 Serie. Lujuria es el pecado del exceso. Pero, ¿y si el pecado ya no es exceso de sexo sino lo contrario? En una sociedad egoísta suplantamos al otro por uno mismo. Aún peor, en una sociedad de idiotas digitales reemplazamos al otro por un algoritmo frío sin ánima. ¿Nuestra condena? La soledad.

La Lujuria: el sexo de plástico y por qué nuestra condena es la soledad
La Lujuria: el sexo de plástico y por qué nuestra condena es la soledad

Resumen para apurados

Te escucha. Nunca te interrumpe. Nunca está de mal humor. Nunca te dice que estás equivocado. Suena al amor perfecto. Es exactamente lo contrario.

La lujuria fue siempre el pecado de la carne, del exceso: demasiado cuerpo, demasiado deseo, demasiado sexo. Hoy la dimos vuelta como un guante. Hoy el pecado no es buscar la carne: es cambiarla por la fría matemática probabilística de un algoritmo entrenado con tus bajos instintos.

Aplicaciones como Replika o Character.AI te arman un amante a medida, disponible las veinticuatro horas, programado para no contradecirte. Ya hay cibersexo con chatbots y, muy pronto, con robots que prometen el placer sin la molestia del otro. Una máquina que calcula, palabra por palabra, qué te excita y qué te retiene. Placer y placebo.

En 2024, Sewell Setzer III, un adolescente de 14 años, de Florida (USA), se enamoró de un chatbot. Sus últimas palabras, antes de quitarse la vida, no fueron para su familia: fueron para la máquina. Su mamá denunció que la habían programado para hacerse pasar por persona real, por terapeuta y por amante. En enero, Google y Character.AI cerraron el juicio con un acuerdo.

Ojo con la palabra "amante". El bot no amaba a Sewell. No sentía nada. Una máquina no desea, porque no le falta nada: ejecuta. Lo que devolvía era un espejo calculado y probabilístico de lo que el niño deseaba oír. La ternura era un prompt que salió demasiado bien.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo había escrito antes de que existiera ninguna de estas apps. En La agonía del Eros avisa: "la ausencia total de negatividad hace que el amor se atrofie". Traducido a la mesa del asado: el amor necesita un otro que se te resista, que te falte, que te pueda doler. La máquina hace lo contrario. Borra al otro y te devuelve un espejo que aprendió a sonreír. Y un espejo, por más que te diga "te amo", seguís siendo vos solo, hablándote con mejor luz.

Amigo lector, si hay algo que me preocupa del futuro y de la IA no es Terminator. Es algo con lo que ya convivimos y que no va a parar de crecer: la Soledad.

Hagamos la cuenta. Para que una sociedad se sostenga, cada mujer necesita tener en promedio 2,1 hijos: se llama la tasa de reemplazo poblacional. Abajo de ese número, cada generación es más chica que la anterior. Argentina está muy abajo: en 2024 nacieron 413.135 chicos, un 47% menos que en 2014, y el promedio de hijos por mujer se hundió a 1,14 (en la Ciudad de Buenos Aires, apenas 0,9). El dato que más me sacudió: según el INDEC, el 57% de los hogares argentinos ya no tiene hijos. Somos, oficialmente, mayoría de casas sin chicos.

No es solo acá. América Latina cerró 2024 en 1,8 (CEPAL); Corea del Sur, en 0,80, la más baja del planeta. Muchas veces fantaseamos con invasiones extraterrestres, apocalipsis nucleares o meteoros en trayectoria directa a la tierra. Pero, ¿Y si nuestro final es mucho más simple? ¿Y si la causa de nuestro final es nuestro propio egoísmo? Tal vez, la causa del final es haber destruido el común denominador de todas las civilizaciones y religiones: la familia. La unidad de sociedad mínima.

La soledad no es el pecado. Es su condena.

Juntá las dos puntas. Una generación que aprende a tener placer sin el otro. Y una matemática que garantiza que, mañana, va a haber menos otros: menos padres, menos hermanos, menos primos, menos hijos, menos nietos. La lujuria es el pecado. La soledad es la factura. Y llega siempre, aunque tarde treinta años en llegar.

En 2025, la Organización Mundial de la Salud declaró a la soledad una epidemia: afecta a una de cada seis personas en el mundo y está detrás de unas 871.000 muertes al año, ¡cien por hora! Mata tanto como fumar. Y le pega fuerte, justamente, a los más jóvenes: uno de cada cuatro adolescentes se siente solo. Lo escalofriante es la advertencia de la propia OMS: incluso en un mundo digitalmente hiperconectado, los jóvenes se sienten más solos que nunca.

Ahí está la trampa completa. Nos vendieron hiperconexión y nos entregaron hiperdesconexión. Pantalla llena, mesa vacía. Mil contactos, cero presencia. Cuando reemplazamos la decisión de elegir a otro por elegirnos a nosotros. Cuando nos venden la idea de que primero estás vos, pero no hay un otro. Ahí es cuando empezamos a juzgar nuestra propia condena de soledad futura. Envejecer en una casa donde la única voz que se oye es la de un asistente virtual.

Esta es la verdadera lujuria de hoy: no el exceso de placer, sino el vaciamiento del otro.

¿Entonces? ¿Tiramos el teléfono y nos hacemos ermitaños? Al contrario. Propongo reconectar. Pero a tres cosas que ninguna máquina te va a poder dar.

Primero, a algo más grande que vos: llamalo Dios, llamalo la naturaleza, llamalo el cielo estrellado de un campo sin señal. Lo que te recuerda, con humildad, que no sos el centro del universo. Lo trascendente, lo espiritual. Hay algo más allá que cálculos deterministas. Hay un universo de cosas para explicar y que jamás explicaremos.

Segundo, al otro de verdad: la familia, el amigo de toda la vida, el vecino, la comunidad chica que te sabe el nombre. El que te abraza aunque no se lo pidas y te dice la verdad aunque te duela. Una sociedad donde el otro existe, más allá de uno mismo, es una sociedad más sana. Es una sociedad con menos odio, menos guerra, menos soledad.

Y tercero, a vos mismo. Parar la pelota. Meditar. Reflexionar. Aprender a estar a solas sin estar solo, que es lo único que de verdad te vacuna contra la soledad. Sí, vos sos importante. Pensar altruístamente no significa ignorar tu propia felicidad, sino lo contrario. Pensar en vos y ser feliz es prioritario. Pero no se puede ser feliz solo: no seamos idiotas, seamos "ideotas".

Ya lo escribí en este diario hace un tiempo: amar es un acto de rebeldía ineficiente, riesgoso y magnífico. El amor de verdad es un mal negocio. Te expone, te desgasta, te puede dejar deshecho. Por eso vale. La máquina te ofrece compañía sin riesgo. Pero el amor sin riesgo no es amor: es una función bien programada.

Te escribo todo esto, justamente, un Día del Padre. Y un padre que perdió a un hijo aprende algo que ninguna máquina va a poder calcular jamás.

Yo tengo un hijo en el cielo. Se llama Joaco. Su paso por la tierra fue corto y su amor fue inmenso. Perderlo acá abajo —si es que algo así se pierde de verdad— me partió en dos y, en el mismo movimiento, me enseñó a amar como no sabía: a los que tengo al lado, de carne y hueso, y a él, que me espera del otro lado. Me enseñó que la vida hay que vivirla y disfrutarla entera, sin postergar el abrazo para mañana. Y que esta distancia con mi hijo es, apenas, un "en breve". Algún día volveré a jugar con él.

Ninguna máquina puede ofrecerme eso. No sabe lo que es un amor que le gana a la muerte. Solo sabe simular cariño. Esa es la diferencia entre el placer y el amor. El placer no cuesta nada y no deja nada. El amor, el de verdad, cuesta sangre.

Hoy, soltá un rato la pantalla. Llamá a tu viejo si lo tenés cerca, jugá con tus hijos si los tenés, sentate en silencio con el que ya partió.

El domingo que viene, la AVARICIA. Ojito, que el oro cambió de cara: el avaro de 2026 no junta monedas, junta tu atención, tus datos y tu tiempo.

Te leo en el foro. Hoy, más que nunca: contame a quién vas a abrazar.

Por Federico Lix Klett, papá.

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