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CURIOSIDADES
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07·Curiosidades

La misa de hoy: la negación como liberación

Por Presbítero Marcelo BarrionuevoEl evangelio de hoy se nos aparece controvertido en una lógica que se la entiende solo desde el seguimiento de Cristo. La verdadera realización del hombre no consiste…

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La misa de hoy: la negación como liberación
La misa de hoy: la negación como liberación

Por Presbítero Marcelo Barrionuevo

El evangelio de hoy se nos aparece controvertido en una lógica que se la entiende solo desde el seguimiento de Cristo. La verdadera realización del hombre no consiste en afirmarse ilimitadamente a sí mismo, sino en dejar que Cristo viva en él. En una cultura que exalta la autonomía absoluta, la autoafirmación y la construcción permanente de la propia identidad, este mensaje aparece casi como una paradoja. Sin embargo, es precisamente allí donde adquiere toda su actualidad.

- Del "yo" como centro al "tú" como horizonte. Vivimos en una época en la que el "yo" se ha convertido en el centro de casi todo. Las redes sociales, la cultura de la imagen y los algoritmos alimentan continuamente la pregunta: ¿cómo me ven?, ¿cuántos me siguen?, ¿qué pienso yo?, ¿qué deseo yo? Jesús propone otro camino: "el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará". Negarse a sí mismo no significa anular la personalidad ni despreciarse. Significa dejar de convertir el propio ego en el criterio último de todas las decisiones. Pasar del "quiero hacer mi voluntad" al "quiero descubrir para qué fui creado". En este sentido, la renuncia cristiana no empobrece la persona: la libera del encierro en sí misma.

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- La gracia no destruye la personalidad; la lleva a su plenitud. Existe un temor muy actual: pensar que seguir a Cristo implica perder la propia identidad. Ocurre exactamente lo contrario. La gracia no fabrica personas idénticas. Dios no uniforma; transfigura. Cada santo manifiesta un rostro distinto de Cristo. La fuerza de la gracia consiste precisamente en hacer aparecer la mejor versión de cada persona. Como decía San Ireneo de Lyon: "La gloria de Dios es el hombre viviente."

- Tener los mismos sentimientos de Cristo en un mundo polarizado. San Pablo invita a tener "los mismos sentimientos de Cristo". Hoy esa expresión adquiere una enorme actualidad. Significa mirar la realidad no desde la ideología, el resentimiento o la reacción inmediata, sino desde la misericordia. Mientras la cultura actual suele responder con cancelación, agresividad o indiferencia, Cristo mira primero la dignidad de cada persona. Preguntarnos: ¿Cómo miraría Cristo esta crisis política? ¿Cómo trataría a quien piensa distinto? ¿Qué sentiría ante los pobres, los ancianos, los migrantes o quienes viven la soledad digital? Estas preguntas van formando lentamente el corazón del discípulo.

- Del algoritmo al discernimiento. La inteligencia artificial y los algoritmos aprenden nuestros gustos para anticipar nuestras decisiones. Cristo, en cambio, no quiere predecirnos; quiere transformarnos. Los algoritmos moldean preferencias. El Espíritu Santo forma la conciencia. Existe hoy un riesgo silencioso: que terminemos reaccionando según lo que consumimos digitalmente antes que según el Evangelio. El discípulo aprende a discernir antes de responder, a contemplar antes de opinar, a escuchar antes de juzgar. En una sociedad obsesionada por los influencers, Cristo propone otra influencia. No nace del marketing. No depende del poder. No procede de la cantidad de seguidores. Nace de una vida transformada. Las personas perciben cuando alguien transmite paz, esperanza, prudencia, alegría y capacidad de perdonar. Esa es la verdadera autoridad del cristiano.

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- La voluntad del Padre como camino de libertad. Nuestra cultura suele identificar libertad con ausencia de límites. Y es equivocado. Cumplir la voluntad del Padre no significa obedecer por miedo, sino descubrir que el proyecto de Dios coincide con la verdad más profunda del hombre. Hoy muchos buscan reinventarse continuamente: cambiar de imagen, de trabajo, de identidad o de proyecto de vida. Sin embargo, el Evangelio propone algo mucho más profundo. No se trata simplemente de cambiar algunas conductas, sino de dejar que Cristo transforme el corazón.

El mundo necesita cristianos que no sean una copia de las modas del momento, sino un reflejo vivo de Cristo. Personas que, sin perder su personalidad, piensen con la mente de Cristo, amen con su corazón y actúen con su misericordia. Entonces se cumplirá lo que decía San Pablo: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí." Esa no es la desaparición del yo; es su plenitud. Porque cuando Cristo ocupa el centro de la vida, el hombre no deja de ser él mismo: llega a ser aquello para lo que Dios lo creó desde toda la eternidad.

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