Los Milei entre sombras y recelos: ya sin Adorni, la inacción dejó paso a la desconfianza
<b>Por Hugo E. Grimaldi, especial para LA GACETA</b>.

Resumen para apurados
La paranoia en política no es un exceso, sino un recurso defensivo: el poder teme que cualquier concesión abra una rendija por donde se filtre un enemigo. Así, los liderazgos se blindan, pero al costo de gastar energías en rencillas domésticas o en perseguir sombras. El caso de Manuel Adorni lo muestra, ya que hubo demasiado tiempo perdido en una batalla imposible de ganar contra opositores y medios, a lo que ahora se le suma la desconfianza de una parte del gobierno nacional que cree ver en los desgajamientos del PRO que se le unen la sombra de Mauricio Macri.
El presidente Javier Milei, desde su reportaje en España y luego en cada aparición pública, volvió a cargar contra Macri, acusándolo de haber "defaulteado la deuda en pesos" y "estafado" a los argentinos con el reperfilamiento, nada menos. Aunque las menciones apuntaron de modo directo al expresidente, el trasfondo es más amplio: Diego Santilli y Patricia Bullrich, llegados desde el PRO, hoy ocupan lugares clave dentro de La Libertad Avanza, mientras otros dirigentes de esa fuerza siguen saltando al oficialismo.
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En la Casa Rosada persiste el temor a un copamiento "amarillo", aunque objetivamente Milei llegó a la presidencia porque Macri y Bullrich se alinearon con él tras la primera vuelta y le facilitaron el triunfo en el balotaje. A ese recelo mileísta de hoy se la suma la dependencia que se crea con los mandatarios provinciales, imprescindibles para sostener la gobernabilidad, pero mirados con desconfianza por sus reclamos. Y como tercer vértice del triángulo de sombras, aparecen las propias internas, que probablemente desgasten más que la oposición frontal.
Reyes, zares y presidentes han compartido siempre el mismo reflejo: ver enemigos detrás de cada cortinado. Así, la política, en su versión más palaciega, se convierte en un teatro de sombras donde las intrigas domésticas y las tensiones con aliados, nunca del todo confiables, desgastan más que la oposición frontal. El derrape del caso Adorni lo confirma, ya que su resultado fue un gobierno atrapado en su propio laberinto, con agendas trabadas, decisiones demoradas y una sociedad que empezaba a percibir que todo era más de lo mismo.
Si la película sigue así, lo más probable es que la paranoia ambiente, lejos de fortalecer, termine debilitando la autoridad, ya que el tejido de dudas y sombras le podría volver a quitar, sin dudas, frescura a la gestión. Igualmente, en la Casa Rosada se percibe un giro positivo, ya que de la parálisis de los últimos cien días el Gobierno pasó a la acción, como si al remover el caso Adorni se hubiera destrabado una compuerta y la acción política volviera a fluir.
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En ese renacer, Milei nombró como vocero al economista Adrián Ravier y su debut marcó un cambio de paradigma comunicacional, ya que se pasó de un portavoz irritante, que buscaba impacto inmediato en redes y titulares para agradar al Presidente, a otro que se posiciona como profesor de economía, con tono didáctico y mayor ubicación frente a la prensa. Otro hito relevante a considerar es que el lunes, cuando asumió Santilli, trece gobernadores se dieron cita en el Salón Blanco para apuntalar a quien conoce de rosca política y aportar volumen a la gestión.
El martes, la Casa Rosada reunió a toda la tropa legislativa de La Libertad Avanza y fue el momento para bajar líneas sobre una ambiciosa agenda. Se busca acelerar en el Congreso proyectos clave como la Reforma Política, con la eliminación de las costosas PASO como eje central, la supresión de subsidios por Zona Fría en varias provincias para profundizar así el recorte del gasto público y el avance del proyecto de Inocencia Fiscal. A ello, se suman nuevas normativas orientadas a blindar la propiedad privada y a desregular la economía, dentro de un paquete de reformas estructurales cuya piedra angular es la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central.
Los cambios apuntan a poner fin a lo que el oficialismo define como años de degradación institucional y de descalabro monetario bajo la conducción kirchnerista que convirtió a la entidad en una "maquinita de emisión descontrolada" al servicio del déficit fiscal, lo que destruyó el valor del peso y alimentó la inercia inflacionaria. Con los cambios propuestos se busca prohibir el financiamiento directo al Tesoro, garantizar la independencia real de la autoridad monetaria y sepultar los mecanismos de manipulación financiera que marcaron la política económica de las últimas décadas.
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Este último proyecto, especialmente, toca de lleno los intereses de los gobernadores, tanto políticos como económicos que se verían afectados también por las otras leyes que se busca impulsar: ¿Por qué votarían una Reforma Política que podría darle a La Libertad Avanza el juego provincial que hoy no tiene? ¿Por qué deberían apoyar la eliminación de Zonas Frías si sus propios votantes serán los que paguen más por el gas y la luz? Las dudas se multiplican y cada concesión que se les pide a los mandatarios provinciales se cruza con el riesgo de perder respaldo en sus territorios.
La pregunta del millón es ¿por qué los gobernadores deberían acompañar todo este paquete, si además la reforma del funcionamiento del Central le da a Caputo la excusa perfecta para no cumplir con las transferencias que negocia Santilli? Ya Economía viene demorando desembolsos comprometidos para sostener votaciones anteriores y lo hace para no romper el equilibrio fiscal. Los mandatarios sospechan que, con la emisión prohibida, el ministro se va a amparar en esa excusa y que cualquier acuerdo podría quedar en el aire.
Es decir que el Ejecutivo ha pasado de la parálisis a la acción, con una agenda demasiado ambiciosa que choca de frente contra las restricciones presupuestarias y que no asegura cumplimiento. Los gobernadores tienen de algún modo la manija del asunto porque si desde la Casa Rosada se los acusa de extorsionar (plata por votos), ellos pueden patear el tablero y así todo volverá a empezar. Para blindar el esquema, Santilli aparece en el Congreso con fuerza propia y a él se le suma Ignacio Devitt, segundo en la Jefatura, convertido en los ojos y oídos de Karina Milei, la gran desconfiada de toda esta historia.
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Aunque ingresó al Gobierno de la mano de Adorni, "Nacho" Devitt se consolidó rápido en la mesa chica como cuadro de confianza de la "Jefa". Se lleva bien con Santiago Caputo, pero se lo define como soldado de la hermana del Presidente. Ya husmeó en el Senado para seguir de cerca cómo Bullrich manejaba la interpelación a Adorni y, al corroborar que "de mañana no pasa", tal como dijo la senadora, eso aceleró el fin del personaje.
En la práctica, la nueva Jefatura de Gabinete responde a un diseño minucioso para equilibrar cargas y probablemente, para conjurar traiciones. Santilli aporta volumen político, alto perfil y un canal directo con los gobernadores, mientras Devitt controla la botonera diaria, la ingeniería administrativa y la articulación con los bloques legislativos. La nueva lógica indica que mientras el nuevo Jefe manejará la macro-política con su histórico ladero Gustavo Coria en el área del Interior, la presencia de su número dos garantiza que la línea directa con el despacho de Karina permanezca intacta y con poder de veto sobre la gestión cotidiana.
Hace hoy 250 años, la independencia de los EEUU abrió un paradigma que trascendió fronteras: el paso de súbditos a ciudadanos capaces de autogobernarse bajo instituciones republicanas. Ese impulso de libertad se convirtió en referencia inevitable para el continente y hoy resuena en el mileísmo, que con algunas variantes reivindica la apertura y el orden espontáneo de las sociedades libres, salvo el valor de la prensa. La lección de lo ocurrido un cuarto de milenio atrás es que la libertad no se declama, se ejerce y que su arquitectura institucional al completo es la que sostiene el progreso.
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El riesgo argentino es otro: una política atrapada en recelos y sospechas que confunde vigilancia con parálisis. Cuando se ve un enemigo debajo de cada baldosa, la gestión se convierte en un laberinto de sombras y la autoridad se desgasta más rápido que frente a cualquier oposición real. Y entonces surge la pregunta que define el momento: ¿puede la libertad ser plena cuando todo es sospecha? La paranoia, lejos de blindar, erosiona, y el poder que se consume en fantasmas pierde la oportunidad de gobernar en serio.
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