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CURIOSIDADES
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07·Curiosidades

Martín Rechimuzzi: "La risa ofrece la posibilidad de otro sentido posible"

El artista y politólogo vuelve a Rosario con su celebrado unipersonal "Alejandra", en el que aborda el universo de la salud mental

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Martín Rechimuzzi: "La risa ofrece la posibilidad de otro sentido posible"
Martín Rechimuzzi: "La risa ofrece la posibilidad de otro sentido posible"

El artista y politólogo vuelve a Rosario con su celebrado unipersonal "Alejandra", en el que aborda el universo de la salud mental

Por Morena Pardo

Foto: Agush Nu

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Después de varias visitas con funciones agotadas, Martín Rechimuzzi vuelve a Rosario el sábado 15 de agosto con su unipersonal "Alejandra".

"Alejandra, una perforación a cielo abierto" se presenta como una comedia teatral en tres actos sobre las distintas formas que puede cobrar la locura. A partir de una experiencia familiar reciente, pero sobre todo a partir de su siempre aguda y sensible mirada sobre el contexto, Martín Rechimuzzi escenifica lo que él denomina "desacoples", corrimientos subjetivos de la racionalidad imperante.

Luego de su exitosa gira europea y agotar funciones en Buenos Aires, Montevideo, Mar del Plata, La Plata, Córdoba, Mendoza y Neuquén, la obra continúa con su tercera temporada. En este marco, vuelve a Rosario con una única función el sábado 15 de agosto, a las 20, en el Teatro Astengo (Mitre 754).

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A Martín se lo puede conocer por sus divertidísimas y potentes intervenciones en diversos medios durante la última década. Las entrevistas en la calle del notero extranjero Randall López, los llamados de Shitsígora a la línea de encuentros eróticos, los vivos con Pedro Rosemblat en Saliendo Que Es Eléctrica (un ciclo de streaming antes del streaming que se volvió un refugio de culto en internet), sus ocurrencias y personajes varios en sus redes personales o su trabajo más reciente al aire Olga. En todas estas iteraciones, aparece una conexión intensa con el pulso político y afectivo de la época, y la capacidad de hacer reír a partir de eso.

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Rechimuzzi es actor y politólogo y esas dos facetas se combinan de manera notable en su trabajo. Detrás de sus personajes, hay reflexión profunda pero también y sobre todo una profunda humanidad compartida con los universos que aborda. El respeto y el compromiso que Martín muestra por el oficio y por el disfraz se notan en cada intervención, pero con especial contundencia en "Alejandra".

El espectáculo toma su nombre de una tía de Martín, que falleció hace algunos años y que convivió con padecimientos de salud mental. A raíz de esa experiencia cercana, el actor empezó a hacer visitas a loqueros (así los llama él porque así los llaman quienes viven en ellos), a estar en contacto con quienes habitan el desborde desde adentro de las instituciones. Esas instituciones que se presentan como borde total de la sociedad. En esos bordes de un presente en derrumbe permanente, donde cada vez parece haber menos de dónde aferrarse, Martín encontró potencias para pensar un horizonte posible y las hizo obra de teatro. De esta manera, "Alejandra" funciona como "una vía de acceso para pensar nuestras racionalidades", una crítica a lo establecido como coherente pero que funciona como "productor de locuras".

Antes de su visita a Rosario, Rechimuzzi dialogó con La Capital sobre la necesidad de espacios de encuentro como el teatro y la importancia de la risa para encontrar nuevos sentidos posibles.

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"Alejandra" ya tiene dos años de recorrido. ¿Cómo sentís la obra hoy después de todo este tiempo en contacto con el público?

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Esta obra me permitió entender algo, que es como uno va aprendiendo también con lo que va diciendo en el escenario. En mi caso yo escribí un guión, aunque no me manejo tanto con guión sino con algunas premisas, y nos vamos acomodando con mis compañeros tanto de la técnica como del escenario. Después de dos años sigo descubriendo cosas que tienen que ver con la temática de la salud mental en sentido amplio. Al principio imaginaba que era una obra sobre la locura y ahora me doy cuenta que es una obra sobre la crítica a la cordura. Diría que ese es el principal viaje que estuve teniendo yo en la propia obra después de hacer casi ya 80 funciones, y de haber podido hacerlo hablar con distintos públicos en las provincias argentinas, en Uruguay, en España. Eso me permite también a mí vincularme con distintas audiencias que plantean una mirada distinta sobre lo que puede llegar a ser la cordura, la salud mental, la locura.

¿Cuáles fueron algunas de las cosas que fueron apareciendo?

Es una obra bastante rara en un sentido de que por un lado está este planteo más teórico que te cuento y por otro lado es una obra de comicidad. Entonces, están esas posibilidades que también se habitan en la locura, que es la risa, la angustia, el miedo, la posibilidad de la crítica al sentido. Todos esos componentes están en danza en la obra, entonces el espectador de algún modo va este naufragando en esas sensaciones.

La obra te lleva sin escalas de la risa a la conmoción total. ¿Cómo apareció la estructura y los personajes de la obra?

Tiene la honestidad de pensar primero las cosas desde adentro. Pensar las historias personales no como algo que le pasa al otro, sino también algo que le está pasando a uno. Respecto del montaje de la obra, yo me sorprendí mucho porque mi planteo en principio era hacer cuatro funciones y después ver, en base a lo que pasara con el público. Fueron ochenta y van a ser seguramente unas cuantas más. En ese sentido, fue muy sorpresivo. El montaje tenía más que ver con eso, con un happening. No tanto una estructura happening, pero sí más como una puesta de tres momentos que yo quería contar: al principio esta parte teórica, un segundo momento con personajes que están en un salón de fiestas, y el tercer momento que tenía que ver con la posesión. Cuando uno se mete con algunas ideas, tiene que empezar a escuchar todo en ese sentido y ver cómo eso termina rebotando en la obra. Por ejemplo, de repente escucho una canción en cualquier lado y siento que hace referencia a una idea que tiene que ver con tal escena. Lo mismo si tengo un sueño o leo libro. Tiene que ver con abrir el radar y encauzar hacia ese río.

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Es decir que la obra es dinámica, no se cierra sobre sí misma.

Por supuesto. De hecho, hay partes improvisadas. Toda la parte del final por lo general la escribo en el camarín antes de empezar la función. Justamente ahí armé un dispositivo que me permite ponerme a mí en juego y decir "esta semana estoy de este modo, estoy con estas cosas, entendí esto o me apena esto, o estoy con estas risas o con estas penurias" y se vuelca ahí en ese momento.

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Una de las potencias de este artefacto que es "Alejandra" es que transcurre en el teatro, un espacio de encuentro, donde un montón de personas coinciden y están presentes prestando atención a lo mismo, sin posibilidad de fugarse. ¿Cómo ves eso en relación a lo que plantea la obra?

Eso es algo que me gratifica mucho, además de que por suerte tengo la bendición de que el público me está acompañando mucho. Hay también algo que está pasando que es como una vivificación del teatro y no solamente en el teatro comercial. Conozco mucha gente que por ahí antes no se acercaba al teatro y ahora con los recursos que tenga se acerca ya sea a la sala más cercana o a un centro cultural o a un barcito a ver algo. La voluntad de volverse a reunir, de llevar a los cuerpos, en contrapunto con estas presuntas reuniones que plantea la digitalidad. En el teatro hay, como decís, algo a lo que no se le puede huir. Hay una energía colectiva que se produce ahí en ese encuentro, todos atravesados por lo mismo pero de distinta manera. La permeabilidad a partir de una propuesta artística me parece que es algo que hoy está siendo muy necesario. Si bien por supuesto que la realidad económica impacta directamente en la actividad teatral, el deseo de reunión es clave.

Eso remite a ese punto de inflexión que fue la pandemia. Todavía estamos en una post-pandemia en la medida en que muchas experiencias, como el teatro o los espectáculos en vivos, cobraron nuevos sentidos a raíz de haber pasado por la pandemia.

Recuerdo los primeros textos que se escribieron en los cuadernos de Wuhan, que eran algunos filósofos reunidos pensando inmediatamente lo que estaba pasando en la pandemia, esa experiencia que pasó hace tres, cuatro, cinco años y parece tan lejana porque quedó ahí clausurada y que fue tan disruptiva además de traumática. Porque podemos hacer énfasis en lo traumático pero también podemos pensarlo desde lo disruptivo, porque si yo te cuento que en 30 años va a haber dos años en los que la gente va a estar medio encerrada y no se va a poder encontrar, parece propio de una película de ciencia ficción y fue algo que atravesamos. En esos cuadernos, creo que Preciado refería que la pandemia vino a acelerar el modo de vida que tenía que suceder. Pensaba la pandemia como un catalizador, como algo que rápidamente nos terminó de colocar en esta estructura de mundo que estamos ahora. Esa estructura de mundo, con una hiperpresencia o centralidad de la digitalidad, de algún modo tiene mucha agilidad en acomodar los recursos, es decir esto de que todo el mundo de repente tenga que manejarse en la virtualidad, pero no así en acomodar las subjetividades. Las subjetividades tardan mucho más en acomodarse a esas estructuras. Esto lo vemos en lo que yo denomino los desacoples que trabajo en la obra. Pero también lo vemos en lo que se puede llegar a pensar como una nueva pandemia silenciosa que es la ansiedad y la depresión, fenómenos a atender. Ojo, no es lo único que pasa, porque sino también nos volvemos muy escépticos y desde ahí vemos sólo la imposibilidad de algo. No, el planteo del teatro es vivificador, es la idea de que partir y a sabiendas de esto tenemos todo un futuro para inventar.

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Sobre todo durante y después de la pandemia, la importancia de atender la salud mental apareció con más peso en los discursos públicos, pero pareciera que más allá de reconocer lo atendible del tema, nadie sabe mucho qué hacer con eso. ¿Qué rol sentís que puede tener el arte, el teatro, el humor, en este sentido?

Es verdad que es una época de desentendimiento. Me levanté teórico hoy (risas), pero hay un texto de Alenka Zupani, una filósofa serbia que habla justamente sobre el desentendimiento y refiere a esto de cómo nos comportamos a sabiendas de que ciertas cosas son así pero aún así seguimos adelante suponiendo la negación de eso. La traducción sería "ya lo sé, pero aún así". Hay algo medio de eso en este tiempo. Hay un alrededor que es incongruente, incoherente, disruptivo, sin sentido, desordenado, caótico, y aún así seguimos adelante. Entonces quiero posicionarme en eso, en la posibilidad que tenemos de seguir adelante, porque aunque uno no sepa qué hacer, hay que empezar a inventarlo. En mi caso, yo soy actor, entonces hago obras de teatro que me gusta que muevan a pensar ciertas cosas, y a atravesar ciertas emociones, porque me importa tanto que se entiendan los conceptos como que la gente se ría. De hecho, me importa más que la gente se ría que que entiendan el concepto.

Venís trabajando mucho en loqueros, con personas institucionalizadas, pero no de forma extractivista, no como insumo para una obra, sino como un acercamiento genuino.

Sí, lo lo referenciás muy bien: no es un insumo, es un aprendizaje, un compromiso y una forma de cura para mí. No tengo la crudeza en los padecimientos como para tener que permanecer ahí, pero sí quiero estar cerca de esos espacios porque he encontrado grandes resistencias en lo que pasa ahí,, grandes resistencias en términos de humanidad amplia. Cuando caracterizamos el presente y hablamos de este alrededor que arrumba, en la vida de quien está ahí adentro, por lo general, eso una constante. Y quienes acompañan tienen el oficio de la construcción de una humanidad alrededor del permanente derrumbe. Entonces ahí hay una pista para pensar el futuro.

¿En qué sentís que se parecen el humor y la locura?

La risa ofrece la posibilidad de otro sentido posible, de otra caracterización del sentido, porque para que haya risa tiene que haber un fenómeno de completitud. Y desde ahí se arma algo novedoso. Al mismo tiempo, en la locura hay risas. Porque tenemos la idea del loco encerrado y castigado, pero cuando uno mira esos espacios de cerca, muchas veces las estrategias de cura tienen que ver con reírse de algunas cosas, con no tomarlas en serio, porque el mundo de la seriedad, de las formalidades, de la la coherencia es muchas veces el mundo que produce esas locuras.

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Después de tantos años con este oficio, ¿qué te sorprende todavía?

Me sorprende la potencia del disfraz. Eso me sigue enamorando igual que cuando yo me escondía cuando era chiquito para jugar a hacer personajes. Al día de hoy cuando me pongo una peluca, unos dientes, y aparece otro espíritu que habla en uno, eso me sigue sorprendiendo. Y en este caso también el deseo de la gente de abrazarse en una ficción. Porque es un rato donde nos suspendemos todos, y saben que lo que voy a contar no es una mentira pero tampoco es una verdad. Lo que siempre trato de transmitir es la potencia del juego, una experiencia tan nutritiva y tan coartada en la infancia. Parece que solamente pasa en ese momento de la vida y ojalá podamos restituir el juego para todos los momentos de la vida, y me refiero a la posibilidad de lo improductivo, de la diversión, de encontrar esa chispa que uno la identifica tan rápidamente cuando es un infante, pero que después en el mundo adulto parecería ser cada vez más difícil.

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