Por Héctor Andreani.
Héctor Andreani: Doctor en Antropología (UNC). Investigador del ILFyA y profesor de la Licenciatura en Educación Intercultural (FHCSyS-UNSE).
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Por una quichua independiente Por una quichua independiente
No hablaremos aquí del 9 de julio de 1816. Tampoco habrá una nota confusa acerca de la presencia del quichua santiagueño en la época de la Independencia. Claro que existe una versión quechua (variedad boliviana antigua de comienzos del siglo XIX) del acta de la Independencia. Pero ciertamente esto es apenas conocido por pocas personas. Y de todos modos, este conocimiento no mueve el amperímetro real de cómo se encuentra la lengua quichua en la actualidad.
Si queremos ir más a fondo, abordemos otro tipo de tema, aunque solo en parte es alusivo a la fecha. Podríamos preguntarnos por el impacto real de las políticas de independencia en referencia a las lenguas minorizadas americanas. ¿Cómo fue la historia posterior de estas lenguas cuando terminaron las luchas de independencia? No quiero sonar negativo, pero el resultado fue ciertamente nefasto. Como es harto sabido, se consolidaron Estados-nación, se forjaron constituciones, poderes públicos, instituciones y nuevas reglas. Las burguesías de cada país armaron esquemas productivos nuevos, y relatos nacionales acordes con sus aspiraciones de clase. Por ejemplo, en la Patagonia, las matanzas a poblaciones mapuche, tehuelches, y rankulches a fines del siglo XIX, fueron determinantes para la ampliación de nuevas explotaciones pecuarias de la burguesía en dicho territorio. Los selk'nam fueron diezmados, después de 12.000 años de habitar Tierra del Fuego. También desaparecería el resto de las lenguas de dicha familia Chon. Similar situación se daría, años después, con el avance militar en el Gran Chaco. Varias masacres a cargo de militares (como Napalpí y Rincón Bomba, con comprobada culpabilidad sobre los gobiernos de Alvear y Perón, respectivamente) permanecerían en la memoria de ancianos wichís y pilagás hasta que fallecieron. Por la misma época, habiendo masacrado a sus familias, cientos de bebés y niños huarpes fueron secuestrados y entregados a familias burguesas en San Juan y Mendoza, con la anuencia de la iglesia. (Premisa que a veces olvidamos: enfocar primero en la vida de las personas, y después en atributos secundarios, como sus lenguas). Son unos pocos ejemplos de cómo los hablantes de lenguas minorizadas han sido diezmados por políticas estatales que provienen de la Independencia argentina. Estos hechos criminales han sido harto abordados por las ciencias sociales desde hace décadas, y con mucho esfuerzo (y contra muchas trabas estatales), han aportado notoriamente para la restitución de justicia a descendientes indígenas de varios procesos de genocidio o etnocidio.
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Podríamos decir entonces que, trágicamente, el proceso de Independencia arroja un resultado muy negativo a la diversidad lingüística de Argentina. Esto se explica porque la Independencia fue una política eficaz de la burguesía, la cual tardó 60 años en organizarse. Y su relato lingüístico hegemónico, ese que representa al roquismo de los años 80, era básicamente el castellano. Pero ninguna otra lengua más. Porque así funciona la dominación lingüística. En términos lingüísticos, eso es la Patria: el coto de caza de una burguesía que habla la lengua representativa de su clase social, y así organiza lingüísticamente al resto de la población.
Pero vayamos al quichua y los siglos XIX y XX ¿Qué sucedió? Si comparamos la breve y trágica descripción anterior sobre otras lenguas, con "la quichua" la historia fue un poco diferente. En el siglo XIX no hubo genocidio sobre poblaciones campesinas que hablaran quichua. De hecho, hasta los gobernadores, los comandantes y las señoras de alcurnia eran bilingües Q-C. Entre 1841 y 1850 fue tan intensa la explotación a mujeres teleras, que se consolidó un rico vocabulario quichua de más de 75 palabras referidas a los componentes, el proceso de trabajo y los productos tejidos (ej. allwida, sikinchador, kalcha, killango, entre muchos otros). Tenemos entonces que la habilitación lingüística era total: todas las capas y fracciones sociales hablaban quichua, como un feed-back de interclases. Desde Page, Hutchinson, Jacques, Gordon, de Moussy, Mullhal, hasta Clemens y Mantegazza: casi la totalidad de los cronistas coinciden en esto. Aunque los historiadores locales nunca dimensionen esto, debemos aceptar lo siguiente: no habría existido el proto-Estado santiagueño si "la quichua" no hubiera sido la herramienta vehicular cotidiana de construcción administrativa, política, militar y de hegemonía rural.
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La cosa cambia (diremos que negativa y positivamente) en el siguiente período, entre fines del siglo XIX y hasta entrados los años 50 del siglo XX. Ocurren dos grandes corrientes: por un lado, se desarrolló la urbanidad basada en el capitalismo agrario del río Dulce. En ese contexto, la burguesía agraria estaba "presionada" a aprender quichua para asegurar la explotación a migrantes quichuistas del Salado. Por otro lado, una enorme porción de familias obreras quichuistas fue redirigida a los obrajes forestales en el Chaco santiagueño, conformando una amplia mayoría sobre esa masa de 130.000 hacheros. Estos fueron los dos movimientos bien diferenciados de la masa social. Aunque las condiciones de vida de los obreros fueron terribles, el capitalismo agro-forestal seguía precisando del quichua para asegurarse no solamente la explotación, sino también su expansión territorial.
El tercer período cubre desde los años 50 hasta ahora. Sencillamente, el capitalismo ya no necesita al quichua para consolidarse. Es la época explícita del desplazamiento del quichua. Es cuando se logra anclar la automarginación lingüística en los quichuistas. Es la memoria más traumática de los ancianos: desde migraciones forzosas a Berisso o Avellaneda, afianzar el propio castellano para no sufrir un despido, hasta los castigos en la dirección de la escuela por hablar quichua. Los varillazos escolares de suncho o las arrodilladas en la arena se terminaron en los años 90. Pero el daño ya estaba hecho. Actualmente, muchas familias de quichuistas siguen deseando que sus hijos no aprendan quichua porque la escuela los consideraría "lengua dura". Así funciona el colonialismo: que tu hijo tenga éxito en la vida, pero a condición de despojarse y olvidarse de la experiencia lingüística que te constituye a vos y a tus antepasados. Ese es el mensaje real del capitalismo más salvaje, el actual, que los explota todos los días.
¿Qué significa, entonces, pensar una quichua independiente? En primer lugar, entender que la colonización ideológica sigue pisando fuerte el destino de estas lenguas minorizadas. Sucede en Santiago pero también en Rancagua o Michoacán. En segundo lugar, pensemos en varios prejuicios actuales que justifican el colonialismo, a saber: que la quichua solamente debe ser hablada y jamás debe escribirse, o peor, que solamente puede ser considerada una "lengua" si se la escribe con normas del castellano. En tercer lugar, surgen otros prejuicios muy negativos; por ejemplo, creer que la quichua no deba ser estudiada. O que lo único que debe leerse es lo publicado por algún patriarca hace 70 años. O negarse a nuevos aportes y nuevas investigaciones. O negarse a aceptar mejores explicaciones a fenómenos propios de la lengua. O ser indiferente a la enseñanza del quichua no solamente en escuelas sino también en la universidad. O negar que la quichua sea parte de las ciencias actuales. O creer que los quichuistas no deben estudiar su lengua familiar (como lo hicimos vos y yo, que tuvimos el derecho asegurado por el Estado, de alfabetizarnos en castellano y adentro del aula). Todo esto es colonialismo lingüístico, y este sí es un tema para pensar mejor esta fecha patria. Por eso vale la mirada del pedagogo Paulo Freire, cuando decía que el objetivo de la educación es liberar al oprimido del opresor que lleva dentro de sí. Ese "opresor lingüístico" que le dice que su lengua "no sirve" o que "no se la escribe". O peor, que "no debe estudiar" su lengua territorial-familiar. Sea en la escuela, en la radio, en Instagram o en la universidad.
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Esto es repensar la independencia en términos de lenguas minorizadas. Bregar por la quichua en todos los niveles educativos. Que sus hablantes interactúen con otras poblaciones que hablan otras variedades quechuas afines. Que se alfabeticen en una escritura basada en su propia quichua y no (como les impusieron) con normas del castellano. Y quienes ya aprendieron, que se hagan cargo de su formación. Que la quichua circule sin grilletes, en redes comerciales, turísticas y digitales. Conquistando así nuevos espacios educativos, mediales y laborales. ¿Cuál es una imagen más real de la independencia? Ver la quichua y sus hablantes insertos en los mundos del estudio, del trabajo y la esfera pública. Que asuman la autoría colectiva de su palabra. Ese es un gesto verdadero de independencia, no solamente para la lengua misma, sino como un avance en derechos negados durante siglos a sus poblaciones. Las que, a pesar de todo (y a veces a pesar de ellos mismos) siguen usando activamente la lengua.
Héctor Andreani: Doctor en Antropología (UNC). Investigador del ILFyA y profesor de la Licenciatura en Educación Intercultural (FHCSyS-UNSE).
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