Premio Kavli para Amina Helmi, la astrofísica argentina que explora cómo se formó la Vía Láctea
Nacida en Bahía Blanca, descubrió "corrientes estelares", rastros de objetos cósmicos devorados por nuestra galaxia; en septiembre recibirá una de las más importantes distinciones internacionales

Nora Bär
Detrás de ese telón sereno salpicado de luces titilantes que admiramos en las noches oscuras, especialmente fuera de las ciudades, hay una realidad turbulenta digna de una tragedia de Shakespeare. Y no solo en los comienzos del universo, cuando la explosión inicial habría dado inicio al tiempo, el espacio y la materia, sino también en épocas posteriores. La astrofísica argentina Amina Helmi, nacida en Bahía Blanca y formada en la universidad nacional de esa ciudad, pero residente desde hace tres décadas en los Países Bajos, descubrió uno de los procesos que son parte de esa saga y contribuyen a dar forma a nuestro "barrio cósmico", la Vía Láctea, galaxia que contiene al Sistema Solar. Se trata de las "corrientes estelares", el rastro de residuos que dejan astros atraídos y destruidos por su gravedad. Por sus hallazgos, en septiembre recibirá el celebérrimo Premio Kavli, otorgado por la fundación del mismo nombre en colaboración con la Academia Noruega de Ciencias y dotado de un millón de dólares. Algo así como el equivalente a un Nobel que se entrega cada dos años en tres disciplinas: nanotecnología, astrofísica y neurociencias. Junto con ella, fueron premiados los astrónomos Vasily Belokurov, de la Universidad de Cambridge, y Rodrigo Ibata, del Observatorio de Estrasburgo, que hicieron aportes en el mismo tema.
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Mientras hacía su doctorado y telescopios de potencia nunca antes alcanzada permitían ver objetos cada vez más distantes y más cerca de los instantes iniciales del universo, a Helmi se le ocurrió explorar nuestras vecindades. Estaba trabajando en su tesis doctoral cuando se interesó por determinar si la Vía Láctea se formó a través de fusiones con otras galaxias y qué tan importantes habían sido, para lo cual desarrolló modelos matemáticos que permitieron predecir de qué forma quedarían grabados los rastros de esos eventos en el movimiento de las estrellas.
"Cuando empecé, no era un tema muy popular, no sabíamos bien qué íbamos a encontrar –comenta desde su casa en Groninga, Países Bajos, donde enseña en la universidad–. Los modelos me ayudaron a entender cuáles serían los rastros de estos procesos. Y me di cuenta de que necesitábamos registros de los movimientos de las estrellas en el espacio. Cuando estaba haciendo mi tesis, los catálogos de estrellas que tenían medidas estas trayectorias eran muy pequeños, porque es una medición muy difícil de hacer. Pero me dije que igual iba a probar. Y descubrí dos grupos de estrellas que en realidad provienen de un mismo objeto que se fusionó con la Vía Láctea". Eran 12 astros, restos de una pequeña galaxia que colisionó con la Vía Láctea hace 8 o 9 mil millones de años, mucho antes de que existiera el Sistema Solar; literalmente, el límite de lo que los datos permitían ver. Se trató del primer descubrimiento de este tipo. Hoy, esas estructuras son conocidas en la literatura científica como Helmi Streams (o corrientes de Helmi).
Cuando ese primer hallazgo se publicó, una misión espacial estaba empezando a tomar forma en la Agencia Espacial Europea: Gaia, observatorio diseñado para cartografiar con precisión sin precedentes la posición y el movimiento de miles de millones de estrellas. Helmi se involucró en la planificación del proyecto para definir exactamente qué precisión se necesitaba, cuántas estrellas debían medirse y con qué detalle, para poder reconstruir la historia de fusiones de la galaxia.
El lanzamiento de Gaia fue en 2013. Los primeros datos científicos relevantes se publicaron en 2018. Y lo que ocurrió el 25 de abril de ese año, durante el evento de lanzamiento del segundo catálogo de la misión, fue un momento "Eureka!".
"Quedó claro desde los primeros gráficos que hicimos ese día que había algo extraordinario en los datos –recuerda–. Junto con un grupo de colegas, estuvimos cuatro semanas de trabajo intenso analizando lo que veíamos: un enorme objeto que dominaba el halo estelar de la galaxia, con órbitas muy particulares y señales químicas que lo distinguían claramente de las estrellas formadas dentro de la Vía Láctea". Era la evidencia de la última gran fusión de nuestra galaxia: una colisión monumental con una galaxia enana, que llamaron Gaia-Enceladus, ocurrida hace entre 8.000 y 11.000 millones de años. El impacto fue tan violento que engrosó el disco galáctico y contribuyó a formar una fracción importante del halo, la región esférica de estrellas antiguas que la envuelve.
"Yo estaba ahí, 10 mil millones de años después, armando el rompecabezas. Se me puso la piel de gallina. Y sentí profunda gratitud", escribió Helmi en una autobiografía que publicó la Fundación Kavli.
Una de las cosas que vuelve a esta investigación especialmente notable es su lógica inversa. En lugar de mirar galaxias lejanas para estudiar el universo primitivo, Helmi y sus colegas leen el presente, las estrellas que nos rodean, como un archivo de lo que ocurrió hace miles de millones de años.
"Así como tenemos acceso a estas estrellas que son tan viejas, que se formaron en los principios del universo, tenemos acceso también, a través de los restos de estas galaxias, a objetos que aún no se pueden descubrir con telescopios como el James Webb, porque son mucho más pequeños –explica–. Son dos formas complementarias de construir la historia de una galaxia: sobre la base de observaciones muy profundas del universo o mediante observaciones cercanas con un detalle increíble".
La Vía Láctea, observada desde afuera, parece un disco tranquilo y ordenado. Nada en su apariencia actual sugiere que se construyó a través de colisiones brutales. Sin embargo, Helmi y su equipo demostraron que esa calma es engañosa. Nuestra galaxia es, en rigor, el resultado de una historia de canibalismo cósmico: absorbió docenas de galaxias más pequeñas a lo largo de su vida, y los restos de esos objetos destruidos por la "fuerza de marea" todavía están aquí, viajando en corrientes que guardan la memoria de mundos que ya no existen.
Amina Helmi nació la mañana de un martes de octubre de 1970 en Bahía Blanca, hija de una madre holandesa y un padre egipcio (profesor de química del suelo cuya pasión por la ciencia fue su inspiración). Ellos llegaron a la Argentina de paso y se quedaron para siempre. Estudió astronomía en la Universidad Nacional de La Plata y partió a Europa en la segunda mitad de los noventa, gracias a una beca Amelia Earhart, con su marido de entonces, también astrónomo. Desde 2003 es profesora en el Instituto Kapteyn de la Universidad de Groninga, en los Países Bajos.
Pero a pesar de que allí se desarrolló su carrera y su vida, y allí nació su hijo, Manuel, Helmi confiesa que aún se siente atada a nuestro país. "Al vivir tantos años afuera es como que una tiene el corazón rasgado –escribe–. Me siento orgullosa de la educación que recibí en la Argentina. Esa base sólida me preparó bien para la investigación; en particular, la teórica. Sin embargo, era dolorosamente consciente (tanto por mi experiencia como por la de mi padre) que dedicarme a la ciencia en mi país de nacimiento sería muy duro. Con financiamiento escaso e inestabilidad económica persistente, una carrera científica es un desafío constante. También aprendí, siendo aún una niña, que el trabajo duro y el talento están subvalorados en mi amada Argentina. Con demasiada frecuencia, las 'conexiones' pesan más que el mérito".
Y a lo largo de la charla telefónica agregó: "Aunque no haya una gota de sangre argentina en mi cuerpo, me siento definitivamente 100% argentina! Me hubieras visto gritar los goles [de la Selección en el Mundial de Fútbol] esta tarde, jajaja. Creo que el lugar donde una nació y creció define mucho quien sos. En mi caso es así. A pesar de estar bien acá, el corazón se queda un poquito allá. Con los amigos y los recuerdos. Espero en esta etapa nueva que comienza gracias al Kavli, poder devolverle algo a mi país… Aún no sé bien qué, pero quisiera hacer algo por la ciencia allí. Ojalá este premio también sea una motivación extra para las mujeres que hacen ciencia. Saber que si te gusta, no hay diferencia entre el talento de hombres y mujeres. Para nosotras, y más si sos mamá, no es fácil, porque querés hacer todo bien y no podés. Pero por otro lado, lo que te enseña la maternidad es a ser mucho más eficiente en tu trabajo. Cuando Manu era chiquitito, dormía tres horas, le daba la mamadera, lo cambiaba, me quedaba una hora para organizarme y después ya tenía que empezar de nuevo. Entonces, aprendí a trabajar de forma súper eficiente. Esa es una de las cosas positivas. Por otro lado, no podés ir a todas las conferencias que te gustaría, aceptar todas las invitaciones, a veces tenés que dejar que las cosas pasen sin poder participar… De todas formas, yo creo que no podría ser una cosa sin la otra. Para mí la combinación, ser mamá y ser astrónoma, si bien es difícil, es lo único que me hace sentir plena".
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