Reseña. La mujer que saltó, de Juanjo Conti
Maquinaria narrativa concisa y eficaz

“Mi esposa saltó. Estábamos de vacaciones, primera vez en Europa, dos años de casados, seis de novios, y saltó”. A partir de este evento, que ocurre en la cúpula de la catedral de San Pablo en Inglaterra y después lleva al narrador a Alemania, La mujer que saltó empieza a funcionar como una maquinaria narrativa que, según los sutiles ajustes del escritor e ingeniero santafesino Juanjo Conti (Carlos Pellegrini, 1984), hasta cierto punto opera como una trama de suspenso, a partir de otro parece un trágico relato de amor y, de repente, se transforma en una historia fantástica.
Despojado de lo que hasta entonces era su existencia, el profesor argentino de matemática que cuenta esta historia ni siquiera quiere “escuchar palabras que habíamos compartido”, por eso se inventa excusas de todo orden para seguir lejos de casa y asimilar lo que pasó. Pero, ¿qué fue exactamente lo que pasó? “Ella saltó y la siguiente acción lógica en el mundo habría sido que yo saltara tras ella, pero no pasó. ¿Por qué no pasó?”
Con un uso muy personal de la concisión, Conti reúne en poquísimas páginas los elementos indispensables para presentar la historia y desarrollarla sin desviarse a través de los túneles, los puentes e incluso los atajos que podrían convertirla en una novela convencional. Es decir, ¿es realmente “lógico” saltar detrás de una suicida? ¿Son las historias de amor y las historias de fantasmas “capaces de convivir en el mismo estante de una biblioteca”? Para el viudo, al menos, esto es así. Y si para quien lo sigue tales premisas parecen inevitables, es porque La mujer que saltó construye su incuestionabilidad a base de una voz hábil para representarlo todo (incluso lo que no lo es) de una manera tan verosímil como las reglas matemáticas.
Hay dos detalles que sostienen el edificio: el primero es que Conti no evade la densidad de lo que podría ser una novela larga y compleja, sino que la reduce a lo esencial. Como si fueran los apuntes del escritor, entonces, podemos leer: “Hay una famosa prueba que se realiza en el vacío en la que se deja caer al mismo tiempo una pesa y una pluma. Otra forma de referirse al vacío es la de ‘condiciones ideales’. En condiciones ideales ambos cuerpos tocan el suelo al mismo tiempo. Caídas. Cuerpos. Suelo. Condiciones ideales”.
El silogismo y sus símbolos, presentados de manera consciente y directa, funcionan porque explican en pocos renglones lo mismo que a otros les llevaría capítulos enteros. El otro detalle se esconde en los intersticios de este mismo mecanismo, ya que cuando todo debe ser racional y comprensible, entonces también las transgresiones abruptas a las leyes de la realidad y los vacíos del sentido nos parecen lógicas.
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