Rogelia Lozano, ejemplo de tesón y amor por la docencia
Trabajó en el diario La Nación, siendo la primera mujer que escribió editoriales. También publicó en la revista Sur.

María del Carmen Rogelia Lozano, educadora jujeña, de San Pedro 1892-1976, desarrolló su actividad docente en la ciudad de Buenos Aires en la década del 20, 30, 40 del siglo pasado, maestra normal de la Escuela de Maestros Normales de Salta, licenciada en Filosofía y Letras de la UBA, Doctorado en Educación en la Universidad de Columbia EEUU, 1936-37. Presidenta del Consejo General de Educación de Jujuy, 1964. Llevan su nombre una calle del barrio San José en San Pedro, una Biblioteca Privada en San Francisco y una cascada del río Jordán en Valle Grande. Esta es su historia.
A medida que pasa el tiempo, recuerdo con más atención hechos, lugares, personajes de mi infancia, adolescencia del San Pedro de Jujuy donde nací. Ellos vuelven a mi memoria por diversas circunstancias: objetos, sueños, hechos vinculados de una manera u otra con ese tiempo que pasó, pero que dejó profundas huellas, son momentos agradables, forman parte de mi historia. Uno de esos personajes es la señorita Rogelia Lozano, distinguida habitante del San Pedro de la década del 50 cuando todavía era una ciudad familiar. Las calles de tierra, prolijamente regadas, sus veredas altas de ladrillos, arboladas.
Yo vivía en la Mitre 58, a una cuadra de la plaza, de la Escuela T Pérez y, a la vuelta de la señorita Rogelia. En el barrio todos nos conocíamos y los recuerdo nítidamente: los Romero, Tapia, Hernández, Mateo, Torres, Ruiz, Moreno, Bobes, Falleta, Calderari, Charre, Mena, Dorra, Ovejero, Banfi, Royo, Lobo, Fortunato y la lista continúa...
La doctora Lozano, como la llamaba mi padre, era una antigua amiga de su familia. Cuando la conocí ya era una persona mayor, jubilada de directora de escuela en Buenos Aires, donde ejerció la docencia, vivía con su mamá doña Pepa, muy viejita, que murió por ese entonces y con su sobrino Rosalío Lozano (*), en la calle Rogelio Leach paralela y a la misma altura que mi casa, de una corrida estaba allí para cumplir los encargos de mi madre, Margarita.
En la casa se entraba directamente a una gran habitación que tenía una mesa en el medio, sillas, un sillón de madera, un armario antiguo grande, una biblioteca y libros por todos lados. En un rincón estaba la cama donde dormía la señorita Lozano. La construcción tenía sus años, de techos y puertas bien altas, fuerte, todavía está en pie muy deteriorada. Había que subir dos escalones para llegar a la puerta que era de madera, con vidrios y visillos a través de los cuales veía quién era el visitante. Yo tenía mi "código" de llamada, tres golpes seguidos con el nudillo de la mano en el vidrio e inmediatamente sentía un "pasá Juan Carlos". La señorita siempre estaba con un libro, lápiz y papel en la mano, ya sea sola leyendo y haciendo observaciones, escribiendo o enseñando a alguien y, muchas veces, ese alguien era yo.
La señorita Lozano tenía obsesión por la educación, por enseñar; desde ya que era una fanática sarmientina, su carrera docente la hizo en la Capital Federal, donde se había ido de joven a estudiar en la Universidad de Buenos Aires y a trabajar como maestra, no tenía otro modo de subsistencia, regresando al jubilarse a cuidar a su mamá, doña Pepa. Cualquier duda, consulta gramatical, matemática, problema, lectura, hacer una nota; ía correr a la señorita Lozano! Estar allí era para mí un grato momento, sobre todo cuando me contaba historias. Como era una persona mayor, había días en que no se encontraba bien y estaba en cama, sentada entre grandes almohadones pero seguía rodeada de libros, con su anotador en la mano. Sabía inglés, francés, íhabía estado en los EEUU!, que para esa época era toda una hazaña, una novedad.
Había cursado la secundaria en la Escuela Normal de Maestros en Salta, a comienzos del siglo veinte; allí se había ido a vivir con su mamá. Fue una adolescente inquieta, vivaz, inteligente, amante de la literatura. Quería estudiar Letras en Buenos Aires, cosa rara, imposible en esos tiempo, más para una chica del interior. Ya un inconveniente fue que para ingresar a la universidad había que ser bachiller nacional. No se amedrentó, en el semestre final del quinto año, en las vacaciones rindió todas las materias necesarias para obtener ese título y. . . ya bachiller, ía Buenos Aires!
Como no había recursos económicos tenía que costearse su carrera; ¿qué hizo?, trabajar de maestra; estudiaba, trabajaba con ahínco y tenía un sueño: Terminar la licenciatura en Letras y luego ir a la Sorbona, a Paris para realizar un doctorado, así que cultivaba con esmero la lengua de Descartes. Todo el día estaba ocupada, apenas tenía tiempo para respirar. La cosas no eran fáciles para ella, una linda joven con una situación económica estrecha, sin un apoyo familiar activo, si es difícil ahora, más lo era en ese tiempo para una mujer, sola y bonita, abrirse paso sin sobresaltos.
Vivía en el centro de la capital; quiso el destino que en el mismo edificio, viviera una joven norteamericana, secretaria de un ejecutivo de la Westinghouse, recién llegada a la Argentina con un manejo precario del español. De cruzarse en el hall, ascensor y el ser mujeres jóvenes, forasteras en esa ciudad, entablaron amistad. Ella era Midel Prudelton y Rogelia fue su profesora de castellano.
Midel le enseñaría inglés. La amistad se hizo intensa entre ambas, el horizonte de Rogelia se amplió al tratar con esa chica yanqui. Era lo que siempre estuvo esperando, una mujer con mentalidad abierta a los proyectos, que validara sus inquietudes y el sueño de asistir a la Sorbona se transformó en ir a la Universidad de Columbia en Nueva York, de donde era Midel, que en tres años debía regresar allí. Era el tiempo que necesitaba Rogelia para terminar su carrera de Letras, aprender inglés. Las cosas se le estaban dando a la inquieta Rogelia. Miss Prudelton regresó a los EEUU, hizo las averiguaciones y trámites en la Universidad de Columbia. Rogelia haría un Doctorado en Letras; ella movió cielo y tierra para conseguir una licencia por perfeccionamiento con goce de sueldo, lo necesitaba imprescindiblemente para sobrevivir.
Terminó su carrera de Letras en la UBA, el decano, Dr. Ricardo Rojas la estimuló y le dio cartas de recomendación. Venciendo una y mil trabas burocráticas, familiares, partió en barco para los EEUU al comienzo de la década del treinta. Miss Prudelton la esperaba y atendió muy bien, vivía con ella. Comenzó su carrera que duraba tres años, pero, tal era su capacidad, entusiasmo, deseos de superación, que la pudo hacer en 18 meses, el periodo de la licencia. Todo un record para un extranjero y se doctoró con una tesis sobre el Lazarillo de Tormes; de allí su merecido título de doctora, del que algunos se reían y que mis padres valoraban tanto.
Volvió a Buenos Aires, siguió trabajando como docente, fue ascendiendo en la escala jerárquica hasta llegar a directora de escuela. Con su doctorado tuvo más prestigio, trabajó en La Nación de los Mitre, fue la primera mujer que escribió editoriales. Era amiga de Cecilia Grison, la primera médica argentina, de Victoria Ocampo, Alfonsina Storni y el grupo literario de la revista Sur, donde escribió artículos.
Una vez al año regresaba a San Pedro a visitar a su mamita, como ella le decía. En ese entonces el único medio era el FFCC luego de 48 horas de viaje que siempre lo planeaba con tiempo; venía en camarote, ocupándolo en su totalidad entre ella y todos los bultos que traía, llegó a traer hasta 16 y me contó que nunca perdió uno, ílo que sería eso!
De chico percaté algo que me llamó mucho la atención, su apellido era el de su mamá, nunca hablaba de su padre y eso me tenía curioso. Luego conocí, a pedazos, esa larga, triste, inquietante historia familiar y que tanto le afectó.
De jubilada tuvo actividad política, confió en la democracia para llevar a la práctica sus proyectos de educación, defensa de la mujer. Actuó en la Unión Cívica Radical del Pueblo, junto al Dr. Uriondo Tochón, Dr. Vicente Cicarelli, en la década del 60 fue presidente del Consejo General de Educación de la provincia de Jujuy. En sus acciones siempre se refería, reflejaba a don Hipólito Irigoyen, cuyo recuerdo personal como paladín de la democracia y de conducta, lo tenía siempre presente, él era la inspiración, el mentor de su accionar político radical y, ojo con el que se desviara, por su conducta impecable tuvo problemas con sus oponentes y correligionarios, en su casa, yo niño conocí a personalidades radicales de Jujuy como el Dr Tochón, El Dr, Cicareli, y a Raúl Alfonsín, recuerdo recibía cartas que la Universidad de Columbia enviaba a los exalumnos, ella mantenía contactos.
Escuchar esas historias y ver a la señorita Lozano me fascinaba, la percibía rodeada de una aureola de caballero mítico y así era para mí Rogelia, sigue siéndolo: el Quijote mujer, que lucha por la educación, los derechos femeninos y que enfrentó sola a los molinos hasta con el último aliento de su vida. En su lecho de muerte seguía estudiando, enseñando, combatiendo por el derecho femenino a tener un igual papel y oportunidades que los hombres y de que todo niño reciba una adecuada educación.
La señorita Lozano falleció en San Pedro a los 84 años (1892-1976). Las generaciones actuales no la conocen ni recuerdan, pero yo sí con gran admiración y sigue dándome estímulos, por eso como un homenaje son estas líneas a los 50 años de su muerte, gracias doctora Lozano.
(*) Rosalío Lozano fue diputado provincial por la UCR del Pueblo.
El autor de esta nota es Juan Carlos Giménez, 83 años jujeño, médico clínico, cardiólogo, especialista en Salud Pública. Desarrolló su actividad médica asistencial durante 45 años en el hospital Ingenio Ledesma, luego hospital "Oscar Orías", como médico de guardia, consultorio, jefe de Clínica Médica- Autor de la Guía de la Consulta Médica del Consejo de Médicos de Jujuy 2006, presentó trabajos en congresos médicos sobre aspectos epidemiológicos de la enfermedad de Chagas.
Temas de la nota
- #provinciales
- #2026
- #rogelia
- #lozano
- #ejemplo
- #teson
- #amor
- #por
- #docencia
- #jujuy


